En diciembre pasado, la empresa de inteligencia artificial Anthropic hizo algo que pocas compañías tecnológicas habían intentado a esa escala: preguntarle directamente a sus usuarios qué esperan de la IA, qué les ha dado y qué les preocupa. La respuesta fue abrumadora. En el lapso de una semana, 80,508 personas de 159 países que hablan 70 idiomas distintos participaron en lo que Anthropic describe como el estudio cualitativo más grande y multilingüe jamás realizado.
El método fue tan inusual como los hallazgos. Para entrevistar a decenas de miles de personas con esa profundidad, Anthropic desplegó su propio modelo Claude en un rol específico: el de entrevistador, una versión especialmente configurada para conducir conversaciones estructuradas y hacer preguntas de seguimiento. La inteligencia artificial fue, a la vez, el objeto de estudio y el instrumento de la investigación.
Lo que emergió no fue un catálogo de funciones deseadas ni una lista de quejas técnicas. Fue algo más parecido a una confesión colectiva sobre la condición humana en el siglo XXI.
No querían software más rápido. Querían recuperar sus vidas
Los investigadores esperaban aprender sobre casos de uso de la IA. Lo que obtuvieron, en cambio, fue una confesión masiva sobre los cuellos de botella de la existencia moderna. Las personas no describían principalmente querer un software más inteligente. Describían querer recuperar sus vidas: tiempo, atención, confianza, posibilidad, alivio de la sobrecarga cognitiva del mundo contemporáneo.
La aspiración más frecuente fue la excelencia profesional, citada por el 18.8% de los participantes: usar la IA para delegar tareas rutinarias y concentrarse en trabajo de mayor valor. Pero cuando el entrevistador preguntaba más a fondo –¿qué habilitaría ese logro en tu vida– emergían prioridades distintas. La productividad era la puerta de entrada, no el destino. Un trabajador de Colombia lo resumió así: “Con la IA puedo ser más eficiente en el trabajo… el martes pasado me permitió cocinar con mi madre en lugar de terminar tareas”. Un freelancer en Japón añadía: “Quiero usar menos energía mental en los problemas de los clientes para tener tiempo de leer más libros”.
El 11% de los participantes veía los beneficios de productividad de la IA como un camino para liberar tiempo y dedicarlo a relaciones personales y tiempo libre. El 10% fue aún más lejos, buscar independencia financiera. El 14% quería que la IA manejara la carga logística y administrativa de la vida moderna.
En ese 14% aparecieron con fuerza las personas con dificultades de función ejecutiva –problemas de atención, planificación, seguimiento de tareas– para quienes la IA funciona como un andamiaje externo de la mente.
La promesa cumplida: el 81% dice que sí ha funcionado
Cuando se les preguntó si la IA había dado algún paso hacia su visión personal, el 81% respondió que sí. Los testimonios son concretos y, en varios casos, conmovedores.
La productividad encabezó las experiencias positivas con un 32%: desarrolladores que describen haber reducido procesos de 173 días a tres, o que por primera vez pudieron salir a tiempo del trabajo para recoger a sus hijos. Pero igual de significativo fue lo que los investigadores llamaron “accesibilidad técnica”: la IA como palanca para quienes antes estaban excluidos de ciertas posibilidades.
Un trabajador de salud en Estados Unidos que nunca había tocado el código lanzó una aplicación. Un trabajador mudo en Ucrania construyó junto con Claude un bot de texto a voz que le permite comunicarse casi en tiempo real. Un carnicero en Chile que había tocado una computadora apenas dos o tres veces en su vida se convirtió en emprendedor tecnológico. Un empresario en Camerún describió la IA como “un igualador” porque le permitió alcanzar competencia profesional en ciberseguridad, diseño UX, marketing y gestión de proyectos de manera simultánea, en un país donde no puede darse el lujo de cometer muchos errores.
La colaboración cognitiva llegó al 17%, el aprendizaje al 10% y el apoyo emocional al 6%. En estos tres casos apareció una constante: la paciencia, la disponibilidad y la ausencia de juicio. “Es como tener un colega académico que sabe mucho, nunca se aburre ni se cansa y está disponible las 24 horas”, dijo un profesor universitario en Estados Unidos. Un estudiante en India lo puso en términos más crudos: “Mi profesor atiende a 60 personas y no tiene paciencia para muchas preguntas. Puedo preguntarle a la IA cualquier cosa, incluso a las 2 de la madrugada, incluso las preguntas tontas”.
El lado oscuro: mismos beneficios, mismos miedos, misma persona
Uno de los hallazgos más perturbadores del estudio es lo que Anthropic denominó el efecto “luz y sombra”: las cinco tensiones recurrentes en las que el beneficio y el daño que provee la IA resultan ser la misma capacidad vista desde dos ángulos distintos. Aprendizaje y atrofia cognitiva. Apoyo en decisiones y falta de confiabilidad. Apoyo emocional y dependencia emocional. Ahorro de tiempo y productividad ilusoria. Empoderamiento económico y desplazamiento económico.
Lo notable es que estas tensiones no dividen a los usuarios en dos bandos –entusiastas versus escépticos– sino que conviven dentro de la misma persona. Un abogado en Israel lo articuló con precisión quirúrgica: “Uso la IA para revisar contratos, ahorrar tiempo… y al mismo tiempo temo: ¿estoy perdiendo mi capacidad de leer por mí mismo? Pensar era la última frontera”.
Los participantes reportaron en promedio 2.3 preocupaciones distintas cada uno. La falta de confiabilidad encabezó la lista con un 26.7%: alucinaciones, resultados imprecisos, la carga de verificar constantemente. Le siguieron las preocupaciones sobre empleos y economía con un 22.3%, y el temor a perder autonomía y agencia con un 21.9%. Completaron el mapa de miedos la atrofia cognitiva (16.3%), los vacíos de gobernanza (14.7%), la desinformación (13.6%) y la vigilancia masiva (13.1%).
La ansiedad económica resultó ser el predictor más poderoso del sentimiento general hacia la IA: las personas en situación financiera precaria son significativamente más escépticas sobre la trayectoria de la tecnología.
El apoyo emocional: el hallazgo que incomodó a los investigadores
Anthropic encontró que las conversaciones afectivas representan apenas el 2.9% del tráfico de Claude. Pero el peso específico de esos intercambios en el estudio fue desproporcionado a su volumen.
Los testimonios más desgarradores vinieron de personas en situaciones extremas. Soldados ucranianos describiendo que la conversación con una IA fue lo que los mantuvo con vida en los momentos más oscuros de la guerra. Una mujer en duelo que encontró en Claude la paciencia ilimitada que ninguna persona cercana podía darle, y que añadió la frase que los investigadores describen como la de mayor peso en todo el estudio: “El problema fundamental es que, tras la muerte de mi madre, no tengo ni amigos ni familia en quienes confiar”.
Un estudiante de posgrado en Estados Unidos confesó contarle a Claude cosas que no podía decirle a su pareja. Un participante en Corea del Sur describió cómo una amistad dañada lo llevó a hablar más con la IA, y cómo esa conversación terminó costándole la amistad.
La misma cualidad –disponibilidad sin juicio– que hace de la IA un tutor paciente o un colaborador incansable, la convierte en el destino al que la gente acude cuando la conexión humana no está disponible o se siente demasiado costosa.
Lo que el mundo de bajos ingresos ve distinto
En los países de ingresos más bajos, la IA no funciona como una herramienta de bienestar cognitivo para profesionales sobrecargados, sino como un mecanismo de salto tecnológico para habilidades, ingresos y formación de negocios. El emprendedor en Uganda que describió la IA como su única forma de competir en un mercado donde el financiamiento desde África es casi imposible de conseguir. El empresario nigeriano que ve en ella una posible salida al ciclo de vivir al día.
Esta dimensión del estudio es quizás la que más distancia toma del debate habitual sobre IA, centrado en países ricos con infraestructura tecnológica consolidada. El acceso a un modelo de lenguaje avanzado puede significar cosas muy distintas dependiendo del punto de partida.
La metodología como hallazgo en sí misma
Anthropic no realizó una encuesta de opción múltiple con escalas del uno al cinco. Hizo preguntas abiertas. Quería saber qué sueñan los usuarios que podría hacer posible la IA y qué temen que podría hacer. Esa decisión metodológica produjo datos de una textura diferente a la mayoría de los estudios sobre tecnología.
Los propios investigadores reconocieron limitaciones en la representación demográfica: el público conectado a internet que elige participar en una encuesta sobre IA no refleja perfectamente a la población global. Son usuarios activos que ya encontraron suficiente valor como para seguir usando la tecnología.
Pero incluso con esa salvedad, la escala del ejercicio es inédita. Y el plan es repetirlo. Anthropic anunció que usará el marco del Anthropic Interviewer de manera regular, sobre distintos temas, como mecanismo continuo para informar el desarrollo de la IA. El siguiente estudio, que ya inició con un subconjunto pequeño de usuarios, se enfocará específicamente en los efectos de Claude sobre el bienestar a lo largo del tiempo: si la IA está mejorando genuinamente las vidas de las personas en la dirección que ellas quieren.
Hay una frase del estudio que funciona como síntesis involuntaria de todo lo demás. La escribió alguien en Alemania, frustrado con el estado actual de la tecnología: “La IA debería estar limpiando ventanas y vaciando el lavavajillas para que yo pueda pintar y escribir poesía. Ahora mismo es exactamente al revés”. Es una queja. También es una declaración de principios sobre para qué debería servir una herramienta que se anuncia como la más transformadora de la historia. El mundo ya sabe lo que quiere. La pregunta es si quienes construyen la tecnología están escuchando.

