El mártir

Andrés Manuel López Obrador no escribe cartas. Hace política. Y cuando la hace desde el silencio –o mejor dicho, desde el silencio calculado de Palenque– cada palabra es un movimiento en un tablero que él considera suyo.

La carta de la semana pasada no es un acto de solidaridad con Claudia Sheinbaum ni una reflexión desinteresada sobre Donald Trump. Es una operación de reposicionamiento. Y para entenderla hay que hacer una sola pregunta: ¿por qué ahora?

Las investigaciones estadounidenses avanzan. Los nombres que rodean al expresidente aparecen en reportes, en listas, en solicitudes de extradición. El cerco no es todavía sobre él, pero se aproxima a su órbita con una geometría que nadie puede ignorar desde Palenque. En ese contexto, AMLO no espera a que lo nombren. Se pone en la línea de fuego voluntariamente, antes de que lo pongan ahí por obligación.

Es el mismo mecanismo que lo salvó en 2004.

Cuando el gobierno de Fox tramitó el desafuero, cometió el error que todo adversario de López Obrador termina cometiendo: intentar silenciarlo con el poder. El resultado fue el contrario. El jefe de Gobierno del Distrito Federal, señalado y acorralado, se convirtió en símbolo de resistencia. Las plazas se llenaron. La narrativa del mártir enterró a sus perseguidores mucho antes de que el proceso legal llegara a ninguna parte. Fox lo hizo grande al intentar achicarlo.

Hoy la mecánica es idéntica. Solo cambió el villano.

Washington ocupa ahora el lugar que en 2004 tenía Los Pinos, lleva una semana sin responder y eso no le es favorable a López Obrador. El silencio lo deja sin el villano que necesita, sin la reacción desproporcionada que en 2004 lo convirtió en mártir. Trump no respondió porque, desde la Casa Blanca, un expresidente mexicano simplemente no amerita respuesta. López Obrador busca ser el protagonista. Si lo logra, es otra historia.

El texto le habla a Trump y le habla a la base morenista. Pero tiene un tercer destinatario que nadie ha nombrado: Claudia Sheinbaum. La carta es también un recordatorio de jerarquía. Él construyó esa relación bilateral. Él conoció al “otro Trump”. Él es el que tiene historia, peso y nombre en esa mesa. Es una forma elegante de decirle: sin mí, no sabes dónde pisas.

El problema para López Obrador es que Sheinbaum sí sabe.

La presidenta ha manejado la presión de Washington con una inteligencia que su antecesor no quiere reconocer públicamente. No se ha inmolado. No ha caído en la trampa de la confrontación estéril. Ha cedido lo necesario, mantenido el tono, sostenido la relación bilateral sin perder pie doméstico. Eso no es debilidad: es exactamente lo que hacía AMLO cuando le convenía y él lo sabe.

Por eso la relación entre ambos no es solo tutela. Es también una sociedad táctica donde los roles se han ido desplazando. Sheinbaum le da a AMLO legitimidad institucional y continuidad del proyecto. AMLO le da a Sheinbaum base dura, cohesión del movimiento y, en momentos como este, el escudo de un nombre que el escudo de un nombre que aún resuena en la base morenista. Se usan. La diferencia es que ella lo sabe y él, quizás, empieza a sospecharlo.

Hay una ironía que la carta no puede esconder: el hombre que quiere ser mártir puede terminar siendo, sin advertirlo, un instrumento de la presidenta que supuestamente protege.

Rumbo al 2027, Morena necesita un mito más que un programa. Las fracturas internas son visibles, los aliados incómodos y los resultados de gobierno son desiguales. En ese contexto, nada cohesiona mejor que un enemigo externo y un líder dispuesto a enfrentarlo. López Obrador lo sabe porque él mismo construyó ese modelo durante veinte años.

Lo que no calculó es que Claudia Sheinbaum también lo leyó.

POR LAS CALLES… El domingo pasado, Coahuila celebró la única elección estatal del país en 2026. El PRI, en coalición con Unidad Democrática de Coahuila, se llevó los 16 distritos de mayoría relativa y aseguró el control del Congreso local. Carro completo, sin sorpresas, en el último bastión tricolor del país. La sorpresa llegó desde otro lado: Nuevas Ideas, partido local de reciente creación, obtuvo casi el 6% de la votación y se convirtió en la tercera fuerza política del estado, por encima del PAN, el Verde y Movimiento Ciudadano. El PAN protagonizó uno de los peores resultados de su historia reciente en Coahuila. Con 2.17% de los votos, no alcanzó los suficientes para recibir financiamiento público ni acceder a diputaciones plurinominales. Un partido que no existía hace dos años le ganó en las urnas. La derrota no tiene otra lectura posible. Y tiene un responsable directo: Jorge Romero. El dirigente nacional tomó la decisión de ir en solitario, apostando a construir identidad propia en un estado donde el partido había competido en alianza con el PRI y ganado. El resultado fue el sótano. Su primer gran fracaso como presidente del partido. En 2027 se renuevan 500 diputaciones federales, 17 gubernaturas, los congresos locales correspondientes y más de 2 mil presidencias municipales. ¿Coahuila fue el ensayo general o apenas la advertencia?