“Un partido político debería funcionar como un seguro que los empresarios compran para proteger el entorno donde hacen negocios, igual que se aseguran contra terremotos o incendios”. La frase la soltó Ricardo Salinas Pliego hace unas semanas, en una entrevista con Adela Micha. No habló de proyecto de país. Habló de póliza.
La confesión no es menor porque revela el modelo que tiene en la cabeza y ese modelo ya se ha probado en la región. El empresario plantea la misma secuencia que usaron los tres outsiders de derecha que sí llegaron a Palacio: primero la ruptura simbólica con la clase política, después –y solo después– la organización electoral.
Álvaro Uribe Vélez rompió con el Partido Liberal en 2001, se lanzó como independiente bajo la marca Primero Colombia y armó su estructura sobre la marcha, cosechando congresistas liberales y conservadores desencantados conforme subía en las encuestas.
Javier Milei hizo panelismo antisistema en televisión durante años antes de competir como diputado en 2021 dentro de una coalición prestada de partidos porteños; su propio partido, La Libertad Avanza, no quedó registrado como instituto político nacional hasta 2024, cuando Milei ya gobernaba Argentina.
Y Nayib Bukele ni siquiera fundó Nuevas Ideas: se lo ofreció un grupo de la diáspora salvadoreña en Washington como vehículo para llegar al poder, y cuando el Tribunal Electoral no logró inscribirlo a tiempo, terminó compitiendo con GANA, un partido de derecha tradicional que le prestaron. Ya en la presidencia, expulsó a los fundadores originales y puso a su círculo familiar al frente del partido.
Salinas Pliego ya anunció su propia versión del libreto. Primero la “batalla cultural”, después las elecciones legislativas de junio de 2027 con 300 candidatos a diputados bajo el paraguas del Movimiento Anticrimen y Anticorrupción, y si el resultado convence, la presidencial en 2030. Él mismo reconoce que por la vía independiente es casi imposible ganar y que tendrá que negociar con un partido ya existente porque, según explicó a Micha, “monopolizaron la carrera” y quien no se sube al azul, al verde o al guinda se queda fuera de la Fórmula 1. Es exactamente el punto donde Uribe negoció con liberales y conservadores disidentes, donde Milei negoció con partidos bonaerenses, donde Bukele terminó negociando con GANA.
Pero ahí se acaban los parecidos y empieza lo interesante. Uribe llegó con un tema-ancla inapelable: la seguridad frente a las FARC, montado sobre una coyuntura real de agotamiento nacional.
Milei llegó con un diagnóstico económico y una promesa de dolarización articulada, por disparatada que pareciera. Salinas Pliego, cuando Micha le pregunta directamente por su proyecto de país, contesta que no tiene ninguno, porque un proyecto implica planeación y control, y eso, dice, “no es una cosa que se pueda hacer en un mundo de libertad”. Es una respuesta filosófica, no política. Recortar gasto, correr burócratas y bajar impuestos no es un plan de gobierno, es un eslogan de conferencia empresarial.
La otra diferencia es que Salinas Pliego arrastra adeudos fiscales que ninguno de los tres tenía, litigio que él mismo enmarca como persecución política. Uribe, Milei y Bukele no arrastraban ese tipo de lastre. Salinas Pliego sí: una cuenta pendiente que su eventual rival puede blandir cada vez que le convenga, sin necesidad de inventar nada.
Y luego está el modelo que en el fondo más se parece al suyo, que no es el de Uribe sino el de Bukele: el partido como vehículo desechable, controlado por el círculo cercano una vez que cumple su función.
Salinas Pliego habla de un “partido político digital” construido sobre sus millones de seguidores en redes, y admite que hoy esa relación no pasa de un like, que hará falta algo “más rudo” –menciona huelgas y bloqueos como posibilidad.
Es la lógica de Nuevas Ideas antes de que Bukele expulsara a sus fundadores: un instrumento que se arma para un objetivo específico y se reconfigura en función de quién controla el poder real después.
Al final, el que más entendió el juego fue el propio empresario, sin proponérselo, cuando lo redujo a una metáfora de seguros. Uribe, Milei y Bukele vendieron una causa. Salinas Pliego, hasta ahora, vende una póliza.
Hay, eso sí, una ironía que merece su propio espacio: la secuencia de “primero la batalla cultural, después la electoral” no es una ocurrencia suya. Es, casi palabra por palabra, la misma estructura que predicó durante seis años el hombre que más lo persiguió. AMLO le llamó “la revolución de las conciencias” y la repitió hasta su último día de gobierno. De esa coincidencia –y de lo que dice sobre ambos– hablaremos en la siguiente entrega.
X: GarcíaJJavier
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