Jorge Romero y Ricardo Salinas Pliego, sin coordinarse, llegaron al mismo cronograma. El presidente del PAN lo dijo desde la Asamblea Nacional del partido en noviembre pasado: en 2027 recuperar los equilibrios en la Cámara de Diputados, en 2030 sacar a Morena de Palacio Nacional. Salinas Pliego lo dijo desde una entrevista: 300 candidatos a diputados en 2027, la presidencial en 2030 si el resultado convence. No es solo que compartan calendario. Comparten, cada vez más, el mismo territorio ideológico.
En junio, el PAN presentó sus “111 Soluciones para México” en un evento pensado para proyectar fuerza: gobernadores, alcaldes, senadores, la plana mayor del partido en primera fila. Entre las propuestas, Romero planteó regresar al Seguro Popular de la era Calderón, aseguró que “en seguridad y economía, México estaba mejor entre los años 2000 y 2012”, pidió cadena perpetua para narco-políticos y extorsionadores, y propuso vender la refinería de Dos Bocas, el mismo proyecto que el PAN llevaba años calificando de despilfarro, ahora convertido en activo que privatizar en vez de cancelar. Es un paquete de nostalgia panista, mano dura penal y ortodoxia de mercado. El columnista Carlos Fernández-Vega ya lo comparó, desde México SA de La Jornada, con la tríada franquista.
El PAN, en otras palabras, se está corriendo hacia el mismo terreno que ya ocupa Salinas Pliego: dureza contra el crimen, desconfianza del Estado, privatización, un pasado idealizado como modelo a recuperar.
Pero ese pasado tiene una grieta que Romero prefiere no mencionar: durante el sexenio de Calderón, el que él mismo presenta como el mejor momento reciente del país, el cuerpo de burócratas del gobierno federal creció 13.17%, según cifras del Inegi. Mientras Salinas Pliego promete correr burócratas y adelgazar el Estado, Romero pide volver, literalmente, al sexenio que más lo infló en años recientes.
Uno mira al futuro con una promesa de reducción; el otro mira al pasado con una nostalgia que, revisada de cerca, contradice su propio discurso.
Y a esa contradicción se suma otra, de forma: Salinas Pliego tiene TV Azteca, millones de seguidores y una batalla cultural ya en marcha desde hace más de un año; Romero tiene un evento de un día que, más allá de la cobertura protocolaria, no encendió el ánimo opositor que se esperaba. Cuando dos actores venden el mismo producto, gana el que tiene mejor aparador y peor aún si uno de los dos vende una versión con fecha de caducidad ya vencida.
Los números confirman la distancia. En mayo, el partido presumió haber triplicado su preferencia electoral, de 7% a 21%. La medición independiente de Buendía & Márquez, publicada por El Universal, registra otra cifra: de 7% a 14% entre febrero de 2025 y febrero de 2026. Se duplicó, no se triplicó, y esa necesidad de inflar el dato es ya un síntoma.
Hay algo más revelador todavía: entre los propios simpatizantes panistas, Romero no encabeza la lista de aspirantes presidenciales para 2030. Encuestas recientes ubican a Ricardo Anaya al frente de esa preferencia interna, con Romero muy por detrás. El presidente formal del PAN no es, hoy, el candidato que prefieren sus propios militantes.
Salinas Pliego corre la carrera inversa. Sin estructura, sin bancada, con adeudos fiscales que la Presidencia ya usa como argumento de inelegibilidad, y aun así, dos encuestadoras distintas lo colocan como el aspirante mejor posicionado dentro del terreno de los candidatos independientes rumbo a 2030.
No tiene partido, pero dentro de su categoría, gana con comodidad. Romero tiene partido, y dentro del suyo, pierde. Y ahora, para colmo, compite con Salinas Pliego por el mismo electorado, en el mismo terreno ideológico, con una oferta que llega después y convence menos.
La pregunta obligada para 2027 es qué le conviene más al PAN: disputarle a Salinas Pliego el espacio de la derecha dura, donde lleva las de perder, o construir una identidad propia que no dependa de imitar al outsider que mejor sabe vender esa misma mercancía.
Tampoco es un matrimonio fácil: el PAN es una institución de casi un siglo que no ha sabido qué hacer con outsiders incómodos, y Salinas Pliego ya dijo, sin filtro, lo que piensa de los partidos que “monopolizaron la carrera”.
Mientras el PAN decide, Morena no necesita hacer nada. Solo esperar a que la oposición termine de pelearse por el mismo pedazo de pastel.
X: GarcíaJJavier
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