AMLO y su minoría rapaz

Claudia Sheinbaum heredó un país en llamas. No es metáfora. Andrés Manuel López Obrador le dejó una economía estancada, inflación que come el salario de millones y una deuda pública que creció más en seis años, que en las dos décadas anteriores combinadas.

Le dejó un Tren Maya que costó el triple de lo presupuestado y que no tiene pasajeros suficientes para justificar su existencia. Un Tren Interoceánico que se descarrila. Un AIFA que sigue siendo una promesa aérea mientras el AICM sigue colapsando. Una megafarmacia que opera principalmente como un centro de distribución regional para la zona centro del país. Un sistema de salud destruido por la austeridad republicana, con médicos despedidos, especialidades cerradas y pacientes que sufren esperando atención.

Le dejó una inseguridad rampante, con 30 mil homicidios anuales, cárteles que operan con impunidad. Y encima, una corrupción que no se redujo: se reorganizó, ahora con apellidos distintos pero con la misma lógica de siempre.

Todo eso sería suficiente para cualquier presidenta. Pero el tabasqueño, no contento con el desastre material, le dejó también un desastre político: una minoría rapaz que él mismo creó, que la desafía en público, que le lleva la contra en privado, y que actúa como si el poder todavía fuera de ellos.

Adán Augusto López Hernández es el ejemplo más claro. Fue secretario de Gobernación, gobernador de Tabasco, candidato presidencial fallido, y durante años el “favorito” de AMLO para sucederlo. Cuando la sucesión llegó, no fue él. Fue Sheinbaum. Y desde entonces, la lealtad se convirtió en competencia silenciosa.

En diciembre de 2024, Sheinbaum tuvo que salir a declarar que el conflicto entre Adán Augusto y Ricardo Monreal era solo un “malentendido”. En julio de 2025, cuando estalló el escándalo del “Comandante H” –el secretario de Seguridad de Tabasco que Adán Augusto nombró y que resultó vinculado al crimen organizado a través de “La Barredora”, grupo ligado al CJNG–, Sheinbaum envió un recado público para que dejara el mutismo. No lo defendió. Le ordenó que hablara. Pero el tabasqueño sí lo defendió. En el Consejo Nacional de Morena, recibieron a López Hernández con coros de “no estás solo”. Mientras Sheinbaum intentaba mantener distancia, el tabasqueño abrazaba a su hombre.

Y las polémicas no se detuvieron allí. En diciembre de 2025, Adán Augusto distribuyó masivamente el libro “Grandeza” de AMLO a legisladores de Morena. Según El Universal, la adquisición pudo representar un gasto de entre 1.9 y 4.6 millones de pesos. Él aseguró que no usó recursos del Senado, pero nunca mostró de dónde salió el dinero. Ese mismo mes, la Sala Especializada del TEPJF absolvió a Adán Augusto de un caso de uso indebido de aeronaves de la Guardia Nacional en 2022 –cuando era secretario de Gobernación– para eventos políticos. La justicia lo salvó, pero la imagen quedó.

Y esos no son los únicos señalamientos. Sobre el “hermano” de AMLO se han acumulado otras acusaciones –de opacidad en el manejo de recursos, de tráfico de influencias, de vínculos con personajes cuestionados– que se suman expediente tras expediente sin que ninguno prospere. Ni una investigación que avance, ni una sanción, ni una explicación que convenza. En su caso, la impunidad no es la excepción: es el patrón.

Esto es lo que el tabasqueño no quiere ver: cada vez que protege a Adán Augusto, cada vez que permite que un senador imponga su voluntad en estados que no son los suyos, cada vez que una minoría rapaz actúa en contra de la presidenta electa por el pueblo, está destruyendo el movimiento que él mismo creó.

AMLO pasó seis años criticando a la “mafia del poder”, a las “élites”, a los “privilegiados de sexenios anteriores”. Y al final hizo exactamente lo mismo: creó su propia minoría rapaz, un grupo de personajes que se sienten dueños del gobierno y del partido, que operan al margen de la institucionalidad y que creen que la lealtad es al líder, no al proyecto. El problema es que el líder ya no es presidente.

Sheinbaum no puede decirlo en voz alta. Pero el país lo ve. Ve que la presidenta heredó un desastre económico, una inseguridad que no cede, una corrupción que muta y una minoría rapaz que le lleva la contra desde dentro. Ve que cada vez que Sheinbaum intenta marcar distancia –un tono diferente, una política propia, una crítica siquiera implícita a lo que no funcionó– la maquinaria del tabasqueño se activa: los bots, los leales, la amenaza de fractura.

El tabasqueño debería entender algo: no es Sheinbaum la que está en riesgo. Es su legado. Y en Chihuahua, ahora mismo, Adán Augusto está a punto de dar la prueba más clara de hasta dónde llega esa minoría rapaz cuando decide que un estado entero le pertenece.

La pregunta obligada es: ¿cuánto puede estirarse la lealtad de un movimiento antes de que la lealtad se convierta en la coartada de unos cuantos?

En la siguiente entrega: Chihuahua, el caso concreto de esa minoría rapaz, con nombre y apellido, operando a plena luz del día.

X: GarcíaJJavier

javiergarcia@tumanzana.press