La marca no miente

La semana pasada, Francisco Abundis publicó en Milenio, con datos de la Serie Nacional de Parametría, un ejercicio que vale la pena trasladar a la política capitalina. Retoma el modelo del académico Noam Lupu, quien entiende a los partidos como marcas: no solamente un logotipo o un eslogan, sino el conjunto de ideas, grupos sociales y expectativas que el electorado asocia con una organización. Para Lupu, esa marca funciona como un atajo que permite anticipar qué intereses defenderá un partido y en qué se distingue de sus competidores. Cuando la promesa es clara y se sostiene en el tiempo, nace la identificación partidista; cuando se diluye por alianzas o contradicciones, la lealtad se evapora, aunque el partido siga siendo conocido.

Los números del estudio son elocuentes. Morena conserva la marca mejor evaluada del país, con 92% de conocimiento y una opinión efectiva de +46 puntos, aunque retrocede desde el +58 que tenía en mayo de 2024. Movimiento Ciudadano es la oposición mejor posicionada, con 75% de conocimiento y +37 de opinión, frente a +42 en 2024. El Partido Verde Ecologista de México y el PT capitalizan su cercanía con el oficialismo: 81% y +23 el PVEM, 73% y +22 el PT, ambos con un salto notable respecto de balances históricamente negativos. El PAN, en cambio, tiene visibilidad sin promesa: 85% de conocimiento contra -34 de opinión efectiva, su peor cifra histórica. El PRI es el caso de manual del deterioro: 89% de conocimiento y -47 de opinión, la marca más castigada del sistema. Somos México y Partido PAZ, con apenas 14% y 12% de conocimiento, todavía no logran construir una identidad nacional reconocible.

Todo indica que ese mapa nacional se reproduce, con matices propios, en la Ciudad de México. La alianza entre Morena y el PVEM en la capital ha vivido meses de chantaje político institucionalizado: escándalos cruzados que involucran a figuras como Arcos Romero, Piña Horta o Carlos Ulloa han ido erosionando la marca conjunta más de lo que la fortalecen. Lupu diría que ahí opera exactamente el mecanismo de la dilución: si el electorado no logra distinguir qué ofrece el PVEM aparte de sostener al gobierno en turno, su fuerza deja de ser partidista y se vuelve puramente coalicional, dependiente de que Morena siga siendo la marca dominante. El riesgo, entonces, no es solo para el partido de Jorge Álvarez Máynez ni para el PVEM, sino para la propia Morena, que carga con el costo reputacional de escándalos ajenos sin controlar del todo a quien los produce.

El caso del PAN capitalino ilustra el otro extremo del modelo: la dilución por alianza con un rival histórico ya deteriorado. Jorge Romero ha insistido en que su partido irá solo en 2027, sin coalición y menos con el PRI. Pero en Cuauhtémoc, la alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega ya fue candidata de PAN, PRD y PRI en 2024, y todo apunta a que el PAN repetirá esa fórmula con ella en 2027. Es el mismo patrón que empieza a perfilarse en Nuevo León. Si el PAN nacional predica distancia del PRI mientras una de sus alcaldías más visible en la capital depende de esa alianza, la promesa deja de ser consistente, y la consistencia, según Lupu, es tan importante como la diferenciación misma.

Ahí está el problema de fondo para “los quintos”: aliarse con una marca que registra -47% de opinión efectiva no suma electores, presta debilidad. El PRI conserva notoriedad, pero esa notoriedad, como advierte el propio estudio, ya no equivale a aprobación ni a lealtad. Sumarle esa carga a un PAN que de por sí arrastra su peor cifra histórica no resuelve el déficit de identidad del partido blanquiazul en la ciudad; lo profundiza.

La pregunta obligada es si alguna fuerza política capitalina está dispuesta a construir marca propia en 2027, en lugar de pedir prestada la de un aliado que también necesita reconstruirse. Movimiento Ciudadano, al menos en el discurso, apuesta por lo primero: ir solo, sin coaliciones, es la apuesta más clara de diferenciación entre las oposiciones capitalinas. Pero las señales al interior del partido no siempre acompañan esa narrativa.

 POR LAS CALLES… A mediados de agosto pasado se dio a conocer que Fernando Esteban fue designado como nuevo coordinador de Movimiento Ciudadano en la Ciudad de México, en sustitución de Alejandro Piña, quien se encontraba en el cargo desde junio de 2023. Hay que señalar que Piña cumplió su periodo y, además, buscará un cargo de elección popular. Fernando es muy joven. Dentro y fuera del partido naranja llamó la atención su designación: prácticamente nadie lo conoce. Al revisar sus redes sociales, por ejemplo Facebook, resulta que inició actividad el pasado 9 de abril y hasta el 16 de agosto publicó algo relacionado con la CDMX. Se dice que su designación busca darle un giro a la dinámica partidista de cara al proceso electoral de 2027, y que existe preocupación al interior de MC por mantener el registro. Dicen que se trata de un cambio generacional, pero a menos que Fernando tenga experiencia política y electoral, conozca los grupos políticos y, además, conozca la CDMX por generación espontánea, no se puede entender su designación. A menos que, dando la razón a quienes señalan que MC es un partido esquirol que apoya soterradamente al oficialismo —algunos dirán que no tan soterradamente—, su llegada forme parte de un plan para solo garantizar la subsistencia de ese partido.

X: @GarcíaJJavier

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