El presidente nacional del PAN, Jorge Romero, pasó varios días publicando fotos de su viaje por Europa: Bruselas, Berlín, el Parlamento Europeo, la Fundación Konrad Adenauer, la CDU, el Partido Popular Europeo. Varias publicaciones de saludos, abrazos, “intercambio de experiencias” con Manfred Weber, Dolors Montserrat, Klaus Schüler (un estratega electoral alemán, para más señas) y decenas de eurodiputados que no votan, ni votarán, en México.
La pregunta que el propio Romero se contesta en cada texto –¿para qué sirve esto?– tiene una respuesta incómoda: para muy poco, si al final no se traduce en votos.
Y ahí está el problema, ilustrado con una imagen que vale más que todas las fotos de la gira. El jueves 10, mientras los presidentes de otros partidos como Ariadna Montiel, de Morena, y Alejandro Moreno, del PRI, acudían al Instituto Nacional Electoral al arranque del proceso electoral, Romero estaba a miles de kilómetros, estrechando lazos en el Viejo Continente. Los dirigentes de los partidos que le ganan elecciones se presentaban ante el árbitro; el dirigente del PAN se despedía de Bruselas. Ese contraste, solo, cuenta toda la historia: el PRI y Morena piensan en casillas; el PAN piensa en capitales.
El PAN llega a este proceso sin ganar una elección presidencial desde 2006, desgastado internamente, con una dirigencia que parece más preocupada por el lobPOR internacional que por el territorio nacional. De nada sirve que Klaus Schüler les platique de campañas si el partido no logra conectar con su propio electorado. De nada sirve apretar manos en el Bundestag si el PAN no gana una alcaldía, un distrito, una gubernatura.
Porque mientras Romero, Michelle González, Mariana Gómez del Campo, Santiago Taboada y Luis Olmedo hacían “territorio”… en Europa –territorio de chocolate y gofres–, en México el reloj electoral ya corre: el próximo año hay 17 gubernaturas en juego, procesos donde el PAN necesita, más que experiencias alemanas, estructura, candidatos sólidos y un mensaje que responda a la gente que sufre la inseguridad, la carestía y el abandono. Ese mismo jueves, mientras sus contrapartes firmaban la agenda electoral en el INE, el PAN instalaba por redes su Comisión Nacional de Procesos Electorales con un mensaje de “unidad” y “juntos defendemos a México”. Juntos, claro, salvo el presidente, que anda de viaje.
Lo más llamativo de la gira, además, fue el asunto que Romero llevó a exhibir en el Viejo Continente: la detención de Ernesto Ruffo Appel, ex gobernador panista de Baja California, preso desde el pasado 16 de julio por su presunta participación en una red de contrabando de combustible, el llamado “huachicol fiscal”.
Para el PAN, Ruffo es un “perseguido político”. Puede serlo o no; los tribunales lo dirán. Lo que resulta difícil de digerir es la estrategia: ¿qué se busca exactamente llevando el caso ante eurodiputados? ¿Que Europa sancione al gobierno mexicano? ¿Que Manfred Weber firme una carta? La denuncia internacional tiene un límite, y ese límite se llama soberanía: los procesos penales en México se ventilan en juzgados mexicanos, no en comisiones del Parlamento Europeo. Además, hay una ironía: el partido que en otros tiempos gritaba contra el “intervencionismo” extranjero ahora recorre capitales europeas pidiendo, en esencia, que otros le resuelvan lo que no puede resolver en casa. Habrá que recordar que en junio pasado, el líder nacional del partido reiteró formalmente en sus redes sociales el posicionamiento institucional: “En el PAN rechazamos cualquier injerencia extranjera”, argumentando que las problemáticas internas del país, particularmente la violencia y la inseguridad, deben ser resueltas por las instituciones y el Estado mexicano.
No se trata de que los partidos no deban tener relaciones internacionales; la diplomacia partidista es legítima y las fundaciones políticas alemanas llevan décadas trabajando con México. El asunto es el momento, el tono y el costo. Hay una diferencia entre cooperar y exhibirse. Y hay una diferencia, todavía mayor, entre construir un partido y construir un álbum de fotos.
México no se rescata en el grupo del Partido Popular Europeo (PPE) ni en la sede de la CDU (Christlich Demokratische Union Deutschlands o Unión Demócrata Cristiana de Alemania). Se rescata calle por calle, sección por sección, voto por voto, empezando por presentarse donde empiezan los procesos: en el INE, no en el aeropuerto.
La buena noticia es que Romero regresó. La mala es que el proceso electoral no esperó: mientras él estrechaba lazos en Europa, sus rivales estrechaban protocolos en el INE. Que alguien le explique al presidente del PAN la lección más elemental que se aprende en cualquier campaña, incluso en las que enseña la Konrad Adenauer: los votos se ganan en el territorio, no en el extranjero. A menos, claro, que en 2027 Bruselas y Berlín aparezcan en la boleta.
Por cierto, dicen los que saben que a muchos panistas no les gustó que se realizara ese viaje y se lo dijeron a Romero. Y en la página del PAN no se encuentra uno un comunicado en el que se indique cuales fueron los resultados del viaje.
POR LAS CALLES… En el Tribunal de Disciplina Judicial ya se cocinó un escándalo que la presidenta del organismo, Celia Maya García, preferiría dejar bajo llave: Karla Leticia Doig, subdirectora del propio tribunal, denunció ante la FGR a Vladimir Véjar Gómez, director del Órgano de Investigación de Responsabilidades Administrativas y mano derecha de Maya García, por acoso, sabotaje a su auto y vigilancia en su domicilio particular. Pese al expediente documentado –fotos, actas notariadas, solicitudes de resguardo de video–, el tribunal no apartó a Véjar de su cargo, le negó a la denunciante el acceso a su propio expediente y terminó por no renovarle el nombramiento a ella, no a él. El casodeja flotando una pregunta incómoda sobre el propio órgano que debería vigilar la conducta de los jueces: ¿quién vigila a quien vigila?
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