A dos años de la elección más grande de la historia, la academia hizo lo que a la oposición parece costarle más trabajo: revisar los datos antes de opinar. En la presentación de Elecciones en México 2024: ¿hacia el predominio partidista?, organizada por la maestría en Comunicación del Instituto Universitario Ortega y Gasset México, sus tres coordinadores (Luis Antonio González Tule, del ITESO; Oniel Francisco Díaz Jiménez, de la Universidad Veracruzana; y Aldo Adrián Martínez, del CIDE Región Centro) dejaron más advertencias para 2027 que explicaciones para 2024.
La apuesta conceptual del libro es clara. Con Giovanni Sartori como referencia, sus autores hablan de predominio partidista en un contexto plural y competitivo, y descartan el término hegemonía. Martínez fue más lejos: con todos sus asegunes, el país todavía puede llamarse democracia. Es una discusión incómoda tanto para quienes ya firmaron el acta de defunción como para quienes celebran sin preguntar cuánto durará la fiesta.
El comparativo entre López Obrador y Lula llegó de la mano de Díaz Jiménez, que puso lado a lado a las dos democracias más grandes de América Latina. Ambas tuvieron gobiernos progresistas y resultados parecidos en reducción de la pobreza, ingreso, salario mínimo y crecimiento. El desenlace, sin embargo, es opuesto. En México, un presidente con aprobación alta y un partido con base creciente le entregó el poder a su sucesora. En Brasil, con menos de la mitad del electorado aprobándolo, el oficialismo va a una segunda vuelta a finales de mes con una derrota posible. La conclusión del ponente es que un buen gobierno no alcanza para ganar elecciones: hay que saber contarlo. De poco sirve poner el huevo si no se cacarea.
La comentarista Isabela Corduneanu agregó una variable que, a su juicio, el libro podría explorar más: las emociones. En Brasil hay hartazgo con el mismo Lula, la misma cara y un candidato en sus ochenta, además de un voto cruzado que no se explica con las cifras de gestión. Hasta los buenos gobiernos tienen fecha de caducidad emocional.
Sobre el castigo al partido en el poder, Díaz Jiménez explicó que parte de la explicación está en el desalineamiento partidista. Los electores, sobre todo los jóvenes, son cada vez más apartidistas, más exigentes y más impacientes, y ya no cuentan con el colchón de lealtad que tuvieron sus padres y abuelos. González Tule matizó que, en México, la identificación partidista que venía en declive empezó a repuntar desde 2018, y que el electorado hoy se siente representado por una fuerza política masiva. Esa es, según dijo, la transformación que la oposición no ha terminado de ver. Martínez remató con la excepcionalidad mexicana: mientras buena parte de la región vive la desinstitucionalización de sus partidos y una volatilidad alta, Morena se consolidó como partido robusto y como movimiento social y político con base.
Ahí entra la comunicación política, que en el libro se analiza con estrategias de campaña y con el gasto en redes sociales y su alcance. El mensaje de la mesa fue incómodo para los gurús digitales: las redes y la inteligencia artificial funcionan cuando hay una base que las respalde, y sin ella se vende magia. Un asistente lo planteó así y Corduneanu lo cerró con ironía, al recordar que había quien pretendía ganarle a López Obrador con tuitazos o tumbar a Claudia Sheinbaum con publicaciones en redes.
Eso no significa que la comunicación sea inocua. González Tule señaló la detención reciente en Bolivia del consultor argentino Fernando Cerimedo y los vínculos que, según expuso, han salido a la luz hacia Estados Unidos. Díaz Jiménez, por su parte, pidió mirar más allá de la CIA: existe un mercado internacional de consultores de campañas negativas y desinformación que pasa de un país a otro, y que en México tiene antecedentes de al menos veinte años con nombres como Dick Morris. Con ese contexto, un movimiento de base es la mejor defensa frente a una campaña mediática, y también la razón por la que se explica la continuidad de Morena.
Corduneanu dejó además dos provocaciones. La primera, que el libro desmonta el estereotipo de que Morena es “el otro PRI”, en particular con el capítulo sobre clientelismo, que recuerda que a veces el peso está en los electores y no en el partido. La segunda, que la perspectiva de género sigue en la fase de romper el techo de cristal, cuando la literatura reciente ya habla del síndrome de la abeja reina. Lo ilustró con su observación de la marcha del 8 de marzo, cuando se enteró de que la presidenta estaba en el Campo Marte rodeada de militares mientras llegaba el operativo Atenea.
Para la capital, el laboratorio tiene fecha: en 2027 se renuevan las 16 alcaldías y el Congreso local. Si el predominio descansa en la estructura territorial y no en los spots, todo indica que la verdadera elección se juega antes de la boleta, en la capacidad de cada partido para llegar unido a ella tras la disputa por las candidaturas.
Los propios coordinadores presumen que la aportación más duradera de un libro académico son las preguntas que permite formular. Corduneanu dejó una para el cierre: cuáles serían los indicadores para saber si en 2027 se consolida un nuevo sistema partidista, se transforma o inicia otro ciclo de competencia.
Queda la duda del lado de la oposición. Jorge Romero prometió el año pasado, en el relanzamiento del PAN, abrir el partido a la ciudadanía, y es posible que ahí la mirada estuviera puesta en construir una base más grande. La pregunta obligada es si la oposición ya tiene una base social o apenas piensa construirla, y si aquella apertura se tradujo en estructura territorial o se quedó en el discurso.
X: GarcíaJJavier
javiergarcia@tumanzana.press

