Ricardo Salinas: del pleito con el SAT a candidato presidencial

“¿Y yo por qué?”, preguntó Ricardo Salinas Pliego cuando el presidente del PAN, Jorge Romero, lo mencionó como posible candidato presidencial. La respuesta parecía ser un deslinde. Pero hace unos días, el empresario respondió esa pregunta: porque México necesita un cambio y él está dispuesto a encabezarlo.

Con unas declaraciones que marcan un punto de inflexión, Salinas confirmó que analiza participar en las elecciones. No en 2030 directamente, primero en 2027. Si los resultados fueran satisfactorios, optaría a la presidencia en 2030. Se presentaría como “un movimiento anticrimen y anticorrupción”, con partido propio o uno ya existente, aún por decidir.

Su modelo es explícito: “Necesitamos lo mejor de Bukele, Trump y Milei”. Es decir, mano dura contra el crimen, desregulación económica, y confrontación con el establishment. La pregunta ya no es si quiere ser candidato, sino si ese proyecto es viable y si México está preparado para un presidente empresario.

El panorama ha cambiado dramáticamente en meses. El 29 de enero de 2026, el SAT confirmó que Grupo Salinas realizó un primer pago de 10 mil 400 millones de pesos a la Tesorería, cumpliendo con el fallo de la Suprema Corte que ordenó pagar más de 48 mil millones. El saldo restante será cubierto en 18 parcialidades.

Ese pago resolvió el lastre más pesado: ya no puede ser atacado como “el empresario que no paga impuestos”. Pero también comprometió recursos significativos. Sin embargo, Salinas ahora tiene algo más valioso: un mensaje político concreto.

Por primera vez, Salinas articula claramente qué propone. En seguridad considera “desafortunada” y un “fracaso” la política de “abrazos, no balazos”. Propone que el Estado sea “implacable” con la delincuencia organizada, con admiración explícita por el modelo de Bukele en El Salvador. “No es normal que el Estado esté de rodillas frente a los criminales”, declaró.

En economía y gobernanza, las referencias a Trump y Milei sugieren desregulación, reducción del Estado, y confrontación directa con el establishment político.

¿Está México listo para un presidente empresario? Esta es quizá la pregunta fundamental. En más de dos siglos de vida independiente, México nunca ha tenido un presidente cuya formación y trayectoria principal fuera empresarial.

Vicente Fox venía del sector privado como ejecutivo de Coca-Cola, pero tenía experiencia política previa: fue diputado y gobernador antes de la presidencia. Demostró que alguien del mundo corporativo puede gobernar sin desastre, pero también mostró limitaciones: reformas trabadas, incapacidad para negociar con el Congreso, resultados modestos.

Salinas es diferente. Es constructor de imperios con intereses directos en sectores regulados: telecomunicaciones, medios, servicios financieros. Como presidente nombraría a los reguladores de sus propias industrias. El conflicto de interés es estructural.

Además, la cultura política mexicana desconfía históricamente de quienes concentran riqueza. A diferencia de Estados Unidos donde el empresario exitoso es admirado, en México existe sospecha constante. La Revolución, el reparto agrario, la nacionalización del petróleo están fundados en recelo hacia élites económicas.

Pero hay un factor nuevo: el hartazgo con políticos tradicionales es real. Para sectores importantes, un empresario representa eficiencia, resultados medibles, capacidad de ejecución. “Al menos sabe hacer dinero, los políticos solo saben robar”, es frase común.

La respuesta honesta: México podría estar listo para un presidente empresario, pero probablemente no este empresario en este momento. Las condiciones están en su contra. Pero el hartazgo es suficientemente profundo que una candidatura bien ejecutada podría sorprender.

Por otra parte, Claudio X. González ha sido el empresario más activo políticamente en años recientes. A diferencia de Salinas, opera discretamente: financia movimientos opositores, articula coaliciones, construye desde las sombras. Está detrás de “Sí por México” y de las coaliciones PAN-PRI-PRD en 2021 y 2024.

Son dos modelos distintos: Claudio X. como operador que construye estructuras sin buscar reflectores; Salinas como caudillo mediático que busca protagonismo personal. ¿Pueden colaborar o competirán?

Una alianza tendría lógica: recursos de Salinas más redes políticas de González, unificando a la oposición empresarial. Pero sus estilos son incompatibles y ambos quieren liderazgo. Lo más probable es una división implícita del trabajo: Claudio X. financiando candidatos institucionales, Salinas absorbiendo fuego mediático. No sería alianza formal pero sí funcional.

El riesgo: si compiten por los mismos espacios –financiamiento empresarial, votos de clases medias– fragmentarían al electorado opositor y garantizarían victoria de Morena. La historia de las élites mexicanas es de fragmentación, no de coordinación.

Se debe cosiderar que Salinas ha cultivado su relación con Trump y la convierte en parte del proyecto. Su apuesta: que México necesitará alguien que pueda negociar con Washington. El riesgo es que si Trump implementa políticas agresivas contra México, ser “el amigo de Trump” será tóxico.

Además carga con la aparición en archivos Epstein. Aunque insiste en que solo coincidieron en una cena, la asociación genera daño reputacional. Su respuesta –preferir ser vinculado con Epstein que con AMLO– muestra instinto confrontativo sobre cálculo político.

La estrategia de ir primero en 2027 como prueba y 2030 como meta es inteligente: probar primero en la elección intermedia, que es legislativa. Permite construir estructura gradualmente y medir aceptación sin arriesgarlo todo. Si fracasa en 2027, puede retirarse sin humillación mayor.

Pero solo tiene 15 meses para construir partido o negociar con uno existente. Lo más probable: negociará con el PAN, exigiendo control de candidaturas a cambio de recursos. El PAN, probablemente aceptará.

Los próximos meses determinarán si este proyecto es viable. Podría negociar exitosamente con el PAN, obtener resultados significativos en 2027 (quince o veinte por ciento del voto nacional), construir bancada en el Congreso y llegar a 2030 con estructura probada y legitimidad electoral. Si además Morena comete errores y la inseguridad empeora, podría volverse competitivo. Pero este escenario requiere que muchas cosas salgan bien simultáneamente.

Desde la perspectiva oficialista, Salinas presenta ventajas y amenazas. El modelo “Bukele-Trump-Milei” es fácil de atacar como autoritario y entreguista. Sus controversias personales facilitan la descalificación. Su estilo polarizante puede alienar votantes moderados. Morena probablemente preferiría enfrentarlo que a un candidato más moderado y menos controversial.

Pero si la inseguridad empeora significativamente, un mensaje de mano dura podría resonar en sectores hartos de la violencia. Y Salinas tiene recursos económicos considerables y plataforma mediática propia. Por primera vez articula un proyecto opositor claro y diferenciado. No debe subestimarse completamente.

Las declaraciones de Salinas despejan la incógnita principal: sí quiere ser presidente. Tiene proyecto definido, ruta trazada y disposición a invertir recursos. Ya no estamos especulando sobre intenciones; estamos analizando viabilidad.

El proyecto resonará en sectores importantes: clases medias hartas de inseguridad, empresarios que quieren menos Estado, votantes que rechazan tanto a Morena como a la oposición tradicional. Salinas tiene el momento (hartazgo con políticos tradicionales) y ahora tiene proyecto concreto.

Si los empresarios opositores –Salinas, Claudio X. González, otros– logran coordinarse, Morena enfrentaría un desafío serio. Si compiten entre sí, como han hecho históricamente las élites mexicanas, Morena gana cómodamente.

Las elecciones legislativas de 2027 serán el examen. Si Salinas obtiene resultados significativos, 2030 será otra historia. Si fracasa, habrá sido el experimento más costoso y espectacular de un empresario que creyó que el dinero, los medios y un proyecto controversial eran suficientes para conquistar el poder político.

La respuesta llegará en quince meses.