La noche del viernes 13 pasado, en Tlatelolco, una asamblea para que funcionarios del Gobierno de la Ciudad de México informaran sobre el proyecto “Ruta, Tlatelolco mi Amor” y las obras proyectadas para la unidad habitacional concluyó como suele hacerlo el autoritarismo cuando se siente cómodo: con un micrófono apagado y la palabra cercenada.
El secretario de Atención y Participación Ciudadana, Tomás Pliego Calvo, terminó la reunión antes de que tomara la palabra Irving Osvaldo López Velázquez, coordinador territorial de Tlatelolco, invitado por los vecinos para coordinar los trabajos proyectados en la unidad. La razón no se dijo en voz alta pero es política: López Velázquez representa a la Alcaldía Cuauhtémoc, encabezada por Alessandra Rojo de la Vega, y el gobierno de Clara Brugada tiene con ella un conflicto que esa noche se expresó con una frase seca frente a los vecinos: “No, ya terminamos”.
La comunidad de Tlatelolco fue el escenario, no el destinatario. El mensaje era para la alcaldesa.
La ironía es mayúscula. Pliego declaró el año pasado ante diputados locales que “un gobierno que no pregunta a su pueblo es autoritario”, y que el compromiso de su secretaría era potenciar la participación territorial.
Lo que ocurrió en Tlatelolco fue exactamente lo contrario: una asamblea informativa convertida en monólogo, vecinos con preguntas sin respuesta y un coordinador territorial al que nunca se le dio la palabra. Al interior de Morena y del equipo de Brugada, la prepotencia con que Pliego se conduce es un secreto a voces. Tlatelolco simplemente lo hizo visible.
Conviene comparar. Alessandra Rojo de la Vega, alcaldesa panista de Cuauhtémoc y blanco frecuente de las críticas del gobierno capitalino, le da la palabra en las reuniones de concejo al concejal de Morena Emilio Villar, quien no pierde oportunidad de cuestionarla y atacarla públicamente. Lo hace porque entiende que gobernar implica escuchar, incluso a quienes no comparten su proyecto.
Tomás Pliego, titular de una secretaría que lleva en su nombre las palabras atención y participación ciudadana, apagó el micrófono antes de que hablara el representante de Rojo. La distancia política entre los dos no es solo ideológica. Es abismal en lo que cada uno entiende por democracia.
Tlatelolco no es un lugar donde apagar micrófonos sea un gesto menor. Es una comunidad con décadas de historia política y participación ciudadana, donde la palabra colectiva tiene peso propio. Cuando los cables se desconectaron, los vecinos siguieron hablando entre ellos. En Tlatelolco la conversación no depende de una bocina ni del permiso de ningún funcionario.
POR LAS CALLES…
Mientras uno desdeña a la comunidad, otro se preocupa por ella. El diputado local Gerardo Villanueva lleva cuatro jornadas de limpieza en parques de Coyoacán, la más reciente en la colonia Prado Churubusco. Antes que legislador, es un coyoacanense que conoce sus calles y entiende que la representación popular no termina en el recinto legislativo. Sin aspavientos ni espectáculo, solo solidaridad con los vecinos de su alcaldía. De eso también está hecha la política.

