Sheinbaum y sus adversarios internos

Cuando Alberto Anaya, dirigente nacional del PT, declaró la semana pasada que su partido apoya a Claudia Sheinbaum “ante adversarios internos y externos”, cometió el error que cometen los políticos cuando hablan de más: confirmó lo que nadie quería decir en voz alta. La presidenta no solo enfrenta oposición fuera de su gobierno. También la tiene dentro de su propio movimiento. No es una especulación ni una lectura maliciosa. Es una realidad que el propio aliado más reciente –el mismo que la bloqueó en San Lázaro y terminó alineándose– acaba de certificar públicamente.

La pregunta, entonces, no es si existen esos adversarios, sino quiénes son, dónde están y cómo operan. Para responderla, hay que regresar al Consejo Nacional de Morena del 7 de marzo. No como crónica de un evento que ya pasó, sino como la clave que permite entender la lógica bajo la cual se están moviendo esas fuerzas.

La decisión central de ese Consejo fue el reparto de las cinco circunscripciones electorales, que definirán en gran medida los 300 candidatos a diputaciones federales y las candidaturas a 17 gubernaturas en 2027. Un reparto que en apariencia es técnico y administrativo, pero que leído con atención es una radiografía precisa de la correlación de fuerzas dentro del partido. Y esa radiografía explica también dónde están los límites reales del poder de la presidenta.

Los coordinadores identificados con Sheinbaum fueron colocados exactamente donde menos podrán incidir: en territorios donde Ricardo Monreal y el Grupo Tabasco tienen arraigo y control propios. En cambio, las circunscripciones donde la presidenta tiene mayor base propia recibieron a sus rivales más relevantes. La Primera, con seis gubernaturas norteñas en juego, quedó en manos de Monreal. La Cuarta, que incluye la Ciudad de México, fue entregada a Adán Augusto López Hernández, el operador más identificado con el lopezobradorismo histórico.

Su presencia en la capital no es casual ni inocente. Adán Augusto llega a la Ciudad de México en el momento en que Clara Brugada libra su batalla más delicada contra la influencia de Sheinbaum en su propio territorio. El conflicto entre ambas no es una rivalidad personal, aunque se maneje como si lo fuera. Es una disputa sobre quién controla políticamente la capital: si la presidenta, que la considera su base histórica, o la jefa de Gobierno, que tiene el cargo, el aparato y la legitimidad local para operar con autonomía.

Nombrar a Adán Augusto coordinador de la Cuarta Circunscripción es, entre otras cosas, un respaldo implícito a Brugada en esa disputa. La Ciudad de México, que debería ser el bastión de Sheinbaum, se convierte así en el territorio donde sus adversarios internos tienen hoy una de sus principales plataformas.

El resultado es un equilibrio de poder inestable con tres centros de gravedad: Andrés Manuel López Obrador, con su autoridad moral sobre la base más fiel del movimiento; Sheinbaum, con la legitimidad que otorga la presidencia pero con una base partidista que no le responde de manera orgánica; y Monreal, con territorio, experiencia y la habilidad de quien lleva décadas siendo imprescindible para todos sin comprometerse del todo con nadie. Tres fuerzas con agendas distintas, ninguna dispuesta a ceder, todas operando dentro del mismo partido y, en los hechos, compitiendo entre sí.

Lo que ocurrió después del Consejo confirma ese escenario con precisión. La reforma electoral bloqueada por PT y PVEM, el Plan B negociado en cuatro días en Gobernación con aliados que regresaron repitiendo las mismas frases con las que se habían ido, las fracturas visibles dentro de las propias bancadas: todo apunta en la misma dirección.

Sheinbaum gobierna el país con una mayoría que existe en papel, pero que enfrenta resistencias internas constantes y que debe reconstruirse semana a semana en los hechos.

El problema de fondo es que Morena no tiene mecanismos para procesar ninguno de estos conflictos. No hay corrientes formales reconocidas, no hay debate programático abierto, no hay reglas claras sobre cómo se dirimen las diferencias internas. Los adversarios internos de la presidenta existen, operan y avanzan, pero no se reconocen como tales.

Y los conflictos que no se nombran no desaparecen. Se acumulan, se pudren y terminan expresándose de las peores maneras: en votaciones sorpresa, en micrófonos apagados, en coordinadores de circunscripción que responden a otra cadena de mando.

El Consejo Nacional terminó con el coro de “es un honor estar con Obrador”. En un acto que debía proyectar el liderazgo de la presidenta, la última palabra fue para el hombre que ya no tiene cargo pero que sigue siendo la referencia central del movimiento. La presidenta gobierna el país pero dentro de su propio partido enfrenta un escenario más complejo: una estructura donde sus adversarios internos no solo existen, sino que disputan activamente el control político. Y mientras ese conflicto no se asuma abiertamente, seguirá creciendo en silencio, condicionando el margen real de quien, en teoría, concentra el poder.