Hannah Arendt dedicó buena parte de su obra a estudiar una paradoja incómoda: cómo los movimientos que prometen liberar a las sociedades pueden terminar concentrando poder de formas que antes criticaban. No se trata de una condena automática, sino de una advertencia sobre lo que ocurre cuando la energía de la transformación no logra traducirse en instituciones que limiten el poder.
México vivió ese tránsito con la llegada de Andrés Manuel López Obrador. Su victoria trscendió lo electoral y se convirtió en una ruptura narrativa: millones respaldaron la idea de desmontar un sistema de privilegios, corrupción e impunidad que durante décadas marcó la vida pública del país. El diagnóstico encontró eco social amplio. El reto, como en muchos procesos históricos, apareció en el ejercicio del poder.
Durante su gobierno se impulsaron decisiones que generaron tensiones institucionales relevantes: la redefinición del papel de organismos autónomos, una mayor centralización política y la ampliación de funciones de las Fuerzas Armadas en ámbitos civiles. Para sus críticos, estas medidas implicaron riesgos para el equilibrio democrático; para sus defensores, eran pasos necesarios para desarticular estructuras que habían capturado al Estado.
Pero los proyectos políticos no son estáticos. Cambian con el tiempo, con las circunstancias y, sobre todo, con el liderazgo.
Con la llegada de Claudia Sheinbaum, la 4T entró en una fase distinta: obligada a ofrecer resultados en un contexto más exigente. Gobernar después de un liderazgo tan dominante implica, inevitablemente, operar bajo su influencia, pero también encontrar márgenes propios de acción.
En materia de seguridad, uno de los temas más sensibles del país, empiezan a observarse matices. Sin abandonar el papel que han tenido las Fuerzas Armadas, el nuevo gobierno ha dado señales de fortalecer la inteligencia, la coordinación institucional y las capacidades civiles. No se trata de un viraje total, pero sí de un ajuste que responde a cuestionamientos acumulados durante años.
Ese tipo de movimientos revela una tensión de fondo: la necesidad de mantener continuidad con un proyecto político que conserva respaldo popular, pero al mismo tiempo introducir correcciones que permitan hacerlo viable en el mediano plazo. Parte de las decisiones actuales –y de sus límites– también se explican por ese equilibrio.
Esto no significa que las preocupaciones hayan desaparecido. El debate sobre los contrapesos institucionales, el alcance de ciertas reformas y la concentración del poder sigue presente. Pero reducir el momento actual a una simple continuidad ignora que el proyecto está atravesando una etapa de redefinición.
Ahí es donde la reflexión de Arendt resulta útil: como contexto para entender el momento, no como sentencia. El riesgo en política va más allá de la concentración del poder. Está en la incapacidad de corregir cuando las condiciones cambian.
México, por ahora, mantiene elementos esenciales de una democracia funcional: elecciones competidas, debate público activo, medios críticos y una sociedad que participa. Ese entorno no cancela las tensiones, pero sí obliga a cualquier gobierno a ajustarse, incluso a aquellos con un respaldo amplio.
La pregunta de fondo no es si un proyecto político puede evitar por completo las inercias del poder. La pregunta es si tiene la capacidad de evolucionar.
En ese sentido, el gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta una prueba más compleja de lo que parece: demostrar que es posible administrar una herencia política sin quedar atrapada en ella, introducir cambios sin romper con su base y ejercer el poder sin perder de vista los límites que exige la democracia.
La historia muestra que muchos movimientos, una vez en el gobierno, se vuelven rígidos y terminan agotándose. Son menos los que logran adaptarse. México está, justamente, en ese punto.
POR LAS CALLES…
De acuerdo con la más reciente encuesta de Rubrum sobre la alcaldía de Tláhuac, se observa un cambio interesante en las preferencias para la candidatura del PAN. César Valle ha logrado posicionarse a la cabeza con un 52% de la intención de voto, superando a Ana Karen Yáñez Cedillo, quien cuenta con el 48%. Resalta la tendencia que muestra el sondeo: mientras que en febrero la diferencia era amplia a favor de Yáñez, los datos de abril reflejan un crecimiento constante de Valle. Este movimiento en las cifras sugiere que la competencia interna se ha cerrado por completo de cara a las próximas definiciones políticas en la demarcación. Como bien dice el refrán: caballo que alcanza, gana.
X: @GarciaJJavier

