En Chihuahua mandan los chihuahuenses 

Hay secretarías que uno ve en los organigramas y hay secretarías que uno siente en la vida cotidiana. Ariadna Montiel encabeza una de las segundas. La Secretaría de Bienestar maneja un presupuesto billonario , un padrón enorme de beneficiarios y un ejército de miles servidores de la nación desplegados en todo el territorio nacional. El número es difícil de dimensionar porque la mayoría de los mexicanos ni siquiera sabe cómo se llama la secretaría que administra el recurso social más grande del país. No es un secreto. Es simplemente el poder que no necesita nombre en los titulares.

Montiel llegó a esa posición en 2022 de la mano de Andrés Manuel López Obrador, y Claudia Sheinbaum la ratificó en julio de 2024 con una definición que pocas secretarias de Estado han merecido en este sexenio: “una mujer extraordinaria”. Así que cuando circularon las versiones de que podría relevar a Luisa María Alcalde en la presidencia de Morena, la pregunta que nadie terminó de hacer fue la más obvia: ¿para qué? ¿Para qué cambiar el control real del aparato social del país por la conducción de un partido que ya tiene dueño? La respuesta se respondió sola: no va.

Pero quienes creyeron que al quedarse en Bienestar Ariadna Montiel se retiraba de la disputa por Chihuahua se equivocaron. La secretaria no necesita candidatura propia para ganar. Le basta con ser quien es.

El escenario que se está armando en ese estado tiene todo lo necesario para una buena novela: ambiciones cruzadas, padrinos en disputa, dinero cuestionable y una operadora que, sin levantar la mano, podría terminar colocando sus piezas en el tablero. Hace tres años la alianza hubiera sido impensable. Hoy es un hecho. Cruz Pérez Cuéllar va por la gubernatura de Chihuahua y Ariadna Montiel va con él: pone el aparato de Bienestar, los servidores de la nación, el territorio. Cruz pone la estructura del municipio más importante del estado para que alguien del equipo de la secretaria quede en la presidencia municipal de Juárez. Cada quien gana algo, nadie regala nada. El 6 de marzo, horas antes del Consejo Nacional de Morena, Cruz publicó una foto del desayuno con Montiel y el grupo Coyoacán. “Feliz, feliz, feliz”, escribió. Cuando un político repite tres veces que es feliz, conviene preguntar qué acaba de firmar.

Enfrente está Andrea Chávez, senadora con licencia desde el 15 de abril —”no me voy: regreso”, dijo al salir—, que lleva meses trabajando el estado con una intensidad que el PAN ha calificado como campaña anticipada, y los tribunales podrían darles la razón. También está Juan Carlos Loera, senador, que ronda posiciones más modestas en las mediciones pero se mantiene en juego. Cada grupo presume sus propias encuestas y en cada grupo gana el candidato propio: así funciona la aritmética interna de Morena antes de que alguien tenga que mostrar los números reales.

La pelea de fondo, sin embargo, no es entre tres aspirantes. Es entre dos figuras nacionales que los mueven como piezas en tableros distintos. Por un lado, Adán Augusto López Hernández, ex coordinador de la bancada morenista en el Senado, quien dejó ese cargo para convertirse en coordinador territorial de Morena en la Cuarta Circunscripción. Chihuahua no forma parte de ella, pero eso no le ha impedido pronunciarse: “la senadora va a ser candidata y va a ser gobernadora”. Pérez Cuéllar le respondió con una frase que quedará: “En Chihuahua mandan los chihuahuenses, no un senador que ni vota en el estado”.

Por el otro lado está Andrés Manuel López Obrador, cuya influencia sobre Montiel no requiere declaraciones públicas porque se ejerce de otra manera: a través de la estructura, los delegados, los programas, los territorios. Es el respaldo que no se anuncia pero que se siente en cada municipio donde un servidor de la nación entrega un apoyo.

El problema de Andrea Chávez no es solo la competencia interna. Es el expediente que carga y los enemigos poderosos que va acumulando. El empresario Fernando Padilla Farfán, quien financió las famosas caravanas de salud con las que la senadora recorrió Chihuahua —ambulancias rotuladas con su imagen, brigadas médicas en colonias populares— es el mismo contratista que recibió más de 2,000 millones de pesos en contratos de los gobiernos de Tabasco y Chiapas durante la gestión de Adán Augusto y de su cuñado Rutilio Escandón.

Un camión de la empresa FMedical, con placas chiapanecas, apareció en Ciudad Juárez promoviendo la imagen de la senadora. El PAN presentó denuncia por al menos 15 presuntos delitos. La propia Chávez reconoció que los vehículos eran del empresario y, ante la presión, ofreció quitar su nombre de los camiones, aunque no suspender las brigadas. “Si quitar mi imagen tranquiliza a los que nos acusan, claro que lo hago”, dijo. Respuesta elegante. Problema sin resolver.

Pero el enemigo más caro no llegó desde la oposición. Llegó desde Palacio Nacional. Sheinbaum tuvo que intervenir para recordarle a su propio partido que nadie se “agencia” los programas sociales con fines políticos, y que las candidaturas se ganan en encuesta, no en declaraciones desde el Senado. La reacción de Chávez, según reveló Loret de Mola, fue un “ya veremos”. Pocas respuestas dicen tanto con tan poco: ahí está la senadora, respaldada por Adán Augusto, desafiando con calculada discreción la línea de la presidenta de la República. Insubordinación menor, dirán algunos. Pero Claudia Sheinbaum no es una presidenta que olvide fácilmente quién le dijo “ya veremos” cuando marcó una línea.

A Ariadna Montiel, en cambio, no se le conoce ese tipo de altiveces. Lleva años operando desde adentro, sin aspavientos, acumulando estructura. No necesita ser candidata para que Chihuahua le importe. Le basta con que Cruz Pérez Cuéllar gane la gubernatura y con que alguien de su equipo quede en la presidencia municipal de Juárez. Eso es ganar sin competir. Y en la 4T, esa es la forma de ganar que más dura.

Lo curioso es que entre más enemigos acumula Andrea –el PAN, la presidenta, Ariadna, Cuéllar– más depende del único respaldo que le queda: el de un senador tabasqueño cuya credibilidad está en entredicho por sus vínculos con el empresario Padilla y –peor aún– con Hernán Bermúdez Requena, su ex secretario de Seguridad en Tabasco, hoy recluido en El Altiplano y vinculado a proceso por desaparición forzada, peculado y presunta jefatura del grupo criminal La Barredora. No es la mejor carta de presentación para empujar la candidatura a un cargo de elección popular. La pregunta obligada es si Chihuahua será el punto de inflexión en la carrera de Adán Augusto López o la confirmación de que detrás de sus movimientos hay algo más grande: una agenda construida con AMLO que todavía no termina de mostrarse. Habrá que ver.