La discusión comenzó en el terreno legislativo, pero rápidamente rebasó ese espacio. La reforma electoral fue llevada al Pleno de la Cámara de Diputados en medio de un debate que anticipaba un desenlace complejo. La votación confirmó el escenario: la iniciativa no alcanzó la mayoría calificada requerida para su aprobación.
Lo que siguió fue igual de relevante. El llamado Plan B, planteado como una vía alterna, no logró recomponer el escenario político ni cerrar las diferencias que ya se habían hecho evidentes. En los hechos, lo que quedó fue una reforma desdibujada y, sobre todo, un punto de inflexión en la dinámica entre las fuerzas políticas que habían coincidido en los últimos procesos electorales.
A partir de ese momento, el debate dejó de ser técnico y se trasladó al terreno político.
En ese tránsito comenzaron a marcarse diferencias con mayor claridad. Por un lado, el Partido Verde fue el que de manera más frontal empezó a tomar distancia, trasladando sus posicionamientos al espacio público. Por otro, el Partido del Trabajo ya había incidido de forma determinante en el resultado legislativo al no acompañar las reformas propuestas, contribuyendo a que no alcanzaran la mayoría requerida.
Las declaraciones y los actos públicos dejaron de centrarse en la reforma para abrir un nuevo frente: la posibilidad de competir de manera independiente en 2027. En paralelo, comenzaron a posicionarse perfiles bajo la narrativa de renovación política, en un contexto donde el tema del nepotismo ha adquirido centralidad en el discurso público.
En este escenario, la decisión de no acompañar la reforma electoral y el Plan B no solo tuvo implicaciones parlamentarias. También forma parte de las definiciones políticas que cada fuerza ha comenzado a trazar de cara al siguiente ciclo electoral. En política, los votos no se agotan en el momento en que se emiten; se proyectan hacia la percepción pública y hacia la construcción de posicionamientos futuros.
No todos rompieron igual, pero todos movieron el tablero.
Este punto introduce un elemento clave: la posibilidad de fragmentación en un bloque que, hasta hace poco, había encontrado en la coordinación su principal fortaleza.
Frente a ello, resulta indispensable detenerse en el análisis del contexto electoral inmediato.
En 2021, en una elección intermedia con una participación cercana al 52 por ciento, las fuerzas políticas que hoy muestran tensiones compitieron en distintos territorios bajo esquemas de candidaturas comunes, alcanzando una mayoría legislativa suficiente, pero sin margen para una mayoría calificada. El resultado permitió mantener el control, pero dejó ver límites claros en escenarios de menor participación.
Un ejemplo ilustrativo fue la Ciudad de México, donde la fragmentación del voto y una menor capacidad de movilización en zonas urbanas derivaron en un reacomodo político significativo. En esa elección, Morena y sus aliados pasaron de gobernar la gran mayoría de las alcaldías a retener únicamente siete de 16, mientras la oposición obtuvo nueve demarcaciones, evidenciando cómo en contextos de participación intermedia y competencia fragmentada los resultados pueden modificarse de manera sustantiva.
El contraste con 2024 es revelador.
En una elección presidencial, con niveles de participación superiores al 60 por ciento, la estrategia electoral se construyó sobre la coordinación y la alineación política. Ese contexto permitió amplificar el alcance de las estructuras territoriales y traducirlo en resultados contundentes: una mayoría calificada en la Cámara de Diputados y una victoria amplia en la elección presidencial.
La diferencia entre ambos momentos no es menor. Muestra que los resultados no dependen únicamente de las fuerzas políticas en competencia, sino de las condiciones bajo las cuales se compite. Y en ese sentido, cualquier escenario de fragmentación en un contexto de menor participación tendría efectos directos en los resultados.
Es en este punto donde la lectura política da un giro relevante.
Desde la dirigencia nacional de Morena se ha tomado una decisión que responde a este nuevo escenario. La incorporación de Citlalli Hernández en la conducción de la Comisión Nacional de Elecciones y Alianzas no es un movimiento menor, sino una señal clara de que el proceso interno requerirá orden, conducción y capacidad de articulación.
En 2024, esta instancia fue el eje de la estrategia electoral. Desde ahí se procesaron encuestas, se definieron candidaturas y se construyeron acuerdos que permitieron sostener la coordinación política. Su función no fue administrativa, sino estratégica.
Hoy, su reconfiguración apunta en la misma dirección. No se trata solo de organizar un proceso, sino de definir las condiciones bajo las cuales se competirá y, en su caso, se reconstruirán acuerdos.
Los retos que se perfilan hacia adelante son claros. Sostener la coordinación política en un contexto donde los incentivos comienzan a moverse hacia la competencia interna, establecer reglas que permitan procesar las diferencias sin trasladarlas al terreno de la ruptura y, sobre todo, entender que el escenario electoral que viene podría no replicar las condiciones de una elección presidencial.
Todo ello ocurrirá antes de que el calendario interno establecido por el Consejo Nacional de Morena marque las siguientes etapas. Y en ese margen, más que las fechas, lo que estará en juego será la capacidad de conducción política para sostener un proyecto en medio de sus propias tensiones.

