El miércoles 29 de abril, Héctor Díaz Polanco no fue a la reunión con el Grupo Parlamentario de Morena a rendir cuentas: fue a cobrarlas. Su argumento de apertura era simple y tenía destinatario preciso: cuando asumió la presidencia estatal del partido, a finales de 2024, no encontró estructura, no encontró operación, no encontró nada. El dardo iba dirigido a Sebastián Ramírez, su antecesor inmediato y el más activo impulsor de su salida, pero en el trayecto alcanzó también a Tomás Pliego y a otros que ocuparon el cargo antes que él.
Como táctica de sobrevivencia, el movimiento era calculado. Como argumento político, era un boomerang.
Porque si cuando Díaz Polanco llegó no había partido, la pregunta que nadie en la reunión se atrevió a formular en voz alta es la más obvia: ¿y ahora sí lo hay? ¿Qué encontrará quien llegue después de él? ¿Una estructura reconstruida o el mismo vacío con unos meses más encima?
Díaz Polanco fue elegido el 24 de noviembre de 2024 en la Cuarta Sesión Extraordinaria de Morena. Desde entonces, su rastro en la vida pública y partidista de la capital ha sido, en el mejor de los casos, intermitente. Sin reuniones regulares con la militancia, sin operación territorial visible, sin coordinación con el grupo parlamentario –que terminó construyendo sus propias salidas mediáticas, como las “Chilangueras”, para llenar el vacío que el partido dejó–, y sin aparición en los órganos de difusión propios del movimiento. Los diputados señalaron en la reunión que en Regeneración y en Conciencias no existe rastro de su trabajo legislativo. Están borrados. El partido que distribuye presencia por toda la ciudad no encontró espacio para quienes lo representan en el Congreso local. Eso no es herencia del pasado. Es obra propia.
El hombre que llegó a reclamarles a los legisladores su desempeño es el mismo que se ausentó de la escena política capitalina durante los meses más importantes del periodo preelectoral. Y cuando finalmente volvió a aparecer, lo hizo para advertirles que no tiene intención de moverse: si lo quieren quitar, que lo quiten; él tiene otros mundos a los que regresar.
Díaz Polanco acumuló décadas de trabajo académico en la ENAH y en el CIESAS. Es investigador nacional nivel III del Conahcyt. Un currículum que habla de rigor, trayectoria y reconocimiento en su campo. Pero ese bagaje –que nadie le discute– no se convierte en operación política, ni en estructura territorial, ni en presencia en las colonias y demarcaciones donde Morena tiene hoy problemas reales de cara a 2027: Álvaro Obregón, Azcapotzalco, Iztacalco, Tlalpan y Xochimilco. La academia y la política de trinchera son oficios distintos, y la confusión entre ambos tiene costos electorales que no se resuelven en un congreso académico.
Pero lo más revelador en la reunión con los legisladores locales no fue su defensa. Fue que había dejado su renuncia firmada en el escritorio de Clara Brugada.
La pregunta obligada es cuándo, en la historia reciente del partido, un presidente estatal de Morena le entregó su dimisión a un gobernante –y no a la dirigencia nacional– y encima lo dijo como si fuera el procedimiento natural. No es un detalle menor: es la evidencia de una subordinación que lo deja sin autoridad propia.
Héctor Díaz Polanco puede volver tranquilo al mundo académico. Morena en la Ciudad de México no puede seguirse dando el lujo de tenerlo donde está.
POR LAS CALLES…
Durante la madrugada del jueves 7 de mayo, la Secretaría de Obras y Servicios demolió sin previo aviso el Skatepark Barrio San Antonio, uno de los espacios más importantes y seguros para la práctica del skateboarding en la ciudad, para dar paso a la construcción de la llamada Calzada Flotante. La instalación, inaugurada en 2017 y construida con estándares internacionales por la empresa California Skateparks, desapareció de un día para otro sin consulta a la comunidad que la usaba. Activistas y practicantes del deporte protestaron ante una decisión que resume, una vez más, el estilo de gobernar de Clara Brugada: primero la demoledora, después –si acaso– la explicación. Un gobierno que se dice cercano a la gente pero que no habla con ella antes de actuar. La pregunta obligada es cuántos espacios más tendrán que desaparecer de madrugada antes de que alguien en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento aprenda que consultar no es un trámite, sino una obligación.
X: @GarciaJJavier

