Dicen que hay división. Dicen que la Cuarta Transformación se resquebraja. Dicen que hay dos proyectos enfrentados. Quienes lo repiten, desde la tribuna o desde la red, no logran procesar una verdad más simple y más elocuente que cualquier discurso: Claudia Sheinbaum ya no está pidiendo permiso. Está gobernando.
En su Segundo Informe, la presidenta mencionó a Andrés Manuel López Obrador dos veces: al recordar que el IMSS-Bienestar “se creó en el sexenio del presidente López Obrador” y al señalar que la producción de fertilizantes de Pemex fue “rescatada durante el periodo del presidente López Obrador”. Ahí terminó la referencia. En el mensaje político de cierre –el dirigido a la militancia, en el que habló de divisiones y rompimientos– su nombre no apareció ni una sola vez. Hace un año, en su Primer Informe, Sheinbaum todavía lo invocaba: habló de “la gran hazaña del presidente López Obrador”, de obras que daban “continuidad a las obras iniciadas por el Presidente López Obrador”. Hoy sobrevive solo como referencia histórica de programas heredados, sin adjetivo, sin hazaña.
Y ese repliegue de registro tuvo su espejo en el patio de Palacio Nacional: ni Gerardo Fernández Noroña ni Adán Augusto López Hernández —dos de los rostros más visibles del obradorismo en el Senado– se presentaron. Andy López Beltrán ni el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. Ninguno avisó que faltaría. Ninguno explicó por qué. A diferencia del primer informe, donde ocuparon un lugar visible entre los asistentes, esta vez su ausencia fue, ella sí, elocuente.
Ese es el verdadero punto de inflexión. No la desaparición del nombre de López Obrador, sino el lugar que ese nombre ya no ocupa: de mentor político a antecedente institucional, mencionado solo donde el protocolo lo exige.
Los números, de cualquier forma, respaldan la conducción: seis billones 46 mil millones de pesos en ingresos federales, cifra histórica. Doscientos mil millones de pesos ahorrados en gasto corriente sin tocar lo sustantivo. Un crecimiento del PIB del 1.4% en el segundo trimestre, pese a aranceles de Estados Unidos y una guerra en Irán que disparó el petróleo. Sesenta millones de personas con empleo. Inflación a la baja. Peso fuerte. Balanza comercial positiva por segundo año consecutivo.
¿Eso es división? No. Eso es conducción.
El mensaje político del cierre fue, precisamente, un acto de autoridad. “Que nadie se equivoque, aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos”, dijo. Y tiene razón: no hay ruptura porque no hay competencia por el mando. Ella es la presidenta. Es la Comandanta Suprema. Es quien recorrió 84 mil kilómetros por aire y 20 mil por tierra para visitar las 32 entidades. Es quien lleva 475 conferencias de prensa explicando, debate tras debate, que gobernar no es un espectáculo de lealtades personales sino una función de resultados.
Lo que algunos interpretan como “división” –las ausencias, el repliegue del nombre del fundador del movimiento– no es más que la natural maduración de un proyecto que ya no depende de un solo liderazgo. La 4T no se construyó para ser un culto a la personalidad. Se construyó para transformar al país. Y Sheinbaum lo demuestra con resultados propios: creó la Oficina de la Presidencia para la Promoción de Inversiones con ventanilla única de 60 días, puso en operación 25 de 100 parques industriales, redujo la deuda de Pemex en 20 mil millones de dólares, construyó 33 nuevos hospitales en dos años y bajó los homicidios dolosos un 51%.
Eso no es una presidenta en disputa interna. Es una presidenta que tomó el control.
Que haya quienes extrañen que el nuevo timonel no repita palabra por palabra la carta náutica anterior no significa que el barco vaya a la deriva. Significa que el nombre de quien trazó la ruta original ya solo aparece en la letra pequeña del informe, no en el mensaje que se dirige al pueblo. El barco tiene otra capitana. Y va por buen rumbo.
“Vamos mejor y tenemos rumbo, porque ese rumbo lo marca el pueblo”, cerró. No lo dijo como quien pide aplausos. Lo dijo como quien sabe que la autoridad política y moral “se escribe todos los días”.
En esta Ciudad de México, desde donde se gobierna la República, debería quedar claro: no hay división. Hay dirección. Y quienes la ven de otra manera, ni modo. El país ya sigue otro paso, con otro nombre al frente, y el anterior reducido a referencia de pie de página.
La pregunta obligada es: ¿cuánto tardarán los duros de Morena en entender que el repliegue de Palacio Nacional no fue un descuido, sino la primera señal pública de que ya no hay margen para disputarle el control a Sheinbaum.
POR LAS CALLES… Donde las cosas están que arden, es en Gustavo A. Madero. Hace unos días hubo un evento en el Foro Cultural Cristina Payán sobre la defensa de la soberanía encabezada por el alcalde Janecarlo Lozano. El problema es que cuando presentaron a la diputada Ana Buendía, los abucheos no se hicieron esperar debido a que en su informe legislativo estuvo presente, entre otros, el diputado federal Víctor Hugo Lobo. Lo malo es que cuando se retiraba hubo jaloneos. Habrá que recordar que Lozano Reynoso y Lobo Román son acérrimos rivales. La competencia por las candidaturas en 2027 en esa alcaldía será una de las más difíciles de procesar.
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