Hay partidos que se caen a pedazos con estruendo, y partidos que se caen en silencio, afiliado por afiliado, encuesta por encuesta. El PRI es hoy el segundo caso, y los números que esta semana dieron a conocer dos de las casas encuestadoras más importantes del país, junto con el padrón oficial del INE, dibujan el retrato de un partido que ya no negocia a nivel nacional: sobrevive de acuerdos locales, de los que cada vez le quedan menos.
La encuesta de Buendía & Márquez publicada el lunes pasado por El Universal lo dice sin eufemismos: Morena se mantiene en “caballo de hacienda” con 35% de intención de voto para diputados federales, mientras el PRI apenas alcanza 9%, empatado con Movimiento Ciudadano, sin que el margen de error permita siquiera distinguir quién ocupa la segunda posición entre los opositores. En preferencia efectiva, el tricolor llega a 13%. Pero el dato que verdaderamente duele está en la imagen: el PRI registra el peor saldo de todos los partidos, menos 39 puntos, peor incluso que el PAN (menos 27). Y aquí viene lo demoledor: entre los ciudadanos que creen que el país va por mal camino –el electorado natural de cualquier oposición–, el PRI solo capta 19% de la preferencia, por debajo del PAN (27%) e igual que MC. Ni los inconformes lo ven como alternativa.
Mitofsky, en su medición de agosto (“Partidos Políticos: Así parten rumbo a 2027”), llega a la misma conclusión por otro camino: el PRI es el partido que más rechazo genera, con 48.7% de los ciudadanos descartando votar por él y 58.6% con opinión negativa. Reconozcamos el mérito: el rechazo bajó casi nueve puntos respecto a 2025 y la intención de voto creció de 7.3% a 10.4%. Pero partir de tocar fondo no es lo mismo que despegar.
El Instituto Nacional Electoral (INE) aporta el tercer testimonio, el más contundente porque no mide opiniones sino militancia real: en tres años, el PRI perdió 592 mil afiliados, una caída del 42%, de 1.41 millones a poco más de 810 mil. Mientras Morena multiplicó su padrón hasta superar los 11.6 millones, el tricolor se deshizo. Un partido sin votantes es un problema; un partido sin militantes es un edificio sin cimientos.
¿Y en la capital? La reportera Sandra Hernández García, en La Jornada del 7 de septiembre, documenta la escena local con el padrón avalado por el INE: Morena supera el millón 100 mil afiliados –alrededor del 12% de toda la población de la ciudad– mientras el PRI se desploma más de 30% y se queda con 25 mil 56 militantes. En esta ciudad, la dirigencia tricolor parece tener un solo objetivo real: mantener el registro. Pero con esos números, ni eso está garantizado. Salvador Mora y Lisandro Devoto, académicos de la UNAM cuyo análisis está en la nota de Hernández García, coinciden en que la oposición capitalina no tiene los elementos para afrontar la derrota electoral, y que sus figuras locales –por visibles que sean– son “actores aislados”.
A los priistas solo les quedan los acuerdos locales: repartos de candidaturas en municipios gobernables, alianzas de última hora para no perder el registro, negociaciones de supervivencia. Y hay un motivo central, que muchos priistas reconocen en privado aunque callen en público: no quieren a su líder.
Alejandro “Alito” Moreno no solo arrastra el peor saldo de imagen del sistema político; arrastra procesos penales. La Fiscalía de Campeche busca quitarle la inmunidad para investigar un presunto desvío de 83.5 millones de pesos de su época como gobernador; la FGR y la UIF documentaron un entramado de empresas vinculadas a su hermano Emigdio; Mexicanos Contra la Corrupción calculó 35 propiedades entre su familia y colaboradores cercanos. Él lo niega todo y no hay condena en firme –eso debe decirse con precisión–, pero la nube judicial sobre su cabeza es hoy un pasivo que ningún partido aliado quiere cargar.
Por eso es muy difícil que los demás partidos se alineen con el PRI en 2027. No es ideología: es aritmética y riesgo. Aliarse con el partido más rechazado del país, dirigido por un hombre señalado como símbolo de la corrupción, a cambio de un 9% de votos que además compite por el mismo electorado con los del PAN y de MC, es una mala operación para cualquiera. Los priistas que quedan lo saben. Muchos de ellos siguen ahí por convicción, pero se irán acabando los pocos acuerdos locales que todavía les dejan vivir. Cuando esos se acaben, el silencio en que cae un partido se volverá sepultura.
La pregunta obligada es si a Alito le importa más salvar al PRI o salvarse él mismo, y si, a estas alturas, todavía hay alguna diferencia entre las dos cosas.
X: GarcíaJJavier
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