El 5 de septiembre pasado, en la Plaza de las Tres Culturas –que es territorio de la alcaldía Cuauhtémoc, por si alguien necesitaba el dato–, se organizó un mitin morenista de cierre de asambleas informativas. Oradora principal: Citlalli Hernández. Ausente, con estruendo: Ariadna Montiel, presidenta nacional del partido. El discurso combinó elogios repetidos a la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, con una declaración de fidelidad superior: “No hay ningún liderazgo por encima del que ejerce la presidenta”.
Fue, hasta donde se sabe, la primera y única incursión de Citlalli Hernández en la demarcación que, según las versiones que ya circulan en las cúpulas morenistas, podría encargársele conquistar en 2027.
Porque eso es lo que se cuenta: que la presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones de Morena –designada el pasado 16 de abril, tras renunciar a la Secretaría de las Mujeres– sería la abanderada del oficialismo para recuperar la Cuauhtémoc, como primera estación de una ruta que la llevaría, tres años después, a la Jefatura de Gobierno. En su columna “Serpientes y Escaleras”, Salvador García Soto la llamó “la delfina para la CDMX”. La estrategia, se dice, cuenta con el respaldo de Palacio Nacional y de la propia Brugada: cerrar filas, no repetir la división de 2024 –cuando el boicot interno a Catalina Monreal abrió la puerta a Alessandra Rojo de la Vega– y, de paso, sacar a Citlalli de la dirigencia nacional para enterrar su pleito con Montiel.
Hay, sin embargo, una pregunta que ninguna de esas versiones se hace: ¿qué sabe Citlalli Hernández de la Cuauhtémoc?
Vayamos por partes. La primera es de calendario. Ella misma lo fijó: su encargo consiste en terminar la definición de todas las coordinaciones y las coaliciones “antes de que inicie el proceso electoral”, con la meta declarada de tener la mayoría resuelta en diciembre próximo. Morena exige que quien aspire a una coordinación se dedique de tiempo completo a ello, lo que obliga a renunciar al cargo que se ostente. Es decir: para competir por Cuauhtémoc tendría que dejar la presidencia de la Comisión Nacional de Elecciones —el órgano que redacta las convocatorias, filtra a los aspirantes y valida las encuestas que decidirán, entre otras cosas, quién coordina la Cuauhtémoc.
El método de Morena consiste en sondeos que miden “reconocimiento territorial”, honestidad, cercanía, conocimiento y trabajo territorial. En las mediciones de agosto para Cuauhtémoc circulan ocho nombres morenistas –Arturo Ávila, Dolores Padierna, Diana Sánchez Barrios, Caty Monreal, Leonor Gómez Otegui, Manuel Oropeza, Emilio Villar, Dunia Ludlow– y en ninguna aparece Citlalli Hernández. El método premia el recorrido previo; ella no lo tiene. O mejor dicho: lo tenía, pero en otra demarcación.
Porque ahí está la segunda parte, la biográfica. Citlalli Hernández es de Iztacalco. Allí inició su militancia en 2014, en el comité de base, en las juventudes; allí fue diputada local por el distrito 14, entre 2015 y 2018. Después, todo lo demás fue nacional: la senaduría, la Secretaría General de Morena, la Secretaría de las Mujeres, la Comisión Nacional de Elecciones. Doce años de carrera en los que Iztacalco aparece solo al inicio, como escuela, y la Cuauhtémoc no aparece en absoluto. No hay registro de una sola asamblea, una sola mesa con comerciantes, un solo recorrido por colonias en esa demarcación. El único evento conocido es el mitin del 5 de septiembre: asistentes convocados, tarima, discurso.
Y sin embargo, la versión insiste. Por eso conviene decirlo con toda claridad: mandar a alguien sin arraigo a gobernar una demarcación que no conoce sería repetir un vicio que esta ciudad ya ha padecido y que, de tan repetido, empieza a parecer no un error sino un método. Porque ese es el matiz importante: la residencia no es conocimiento. Hay quienes habitan una colonia por razones coyunturales –acortar la ruta al trabajo, la independencia familiar, el precio de la renta– y nunca llegan a saber dónde se junta la gente, qué comercio está en crisis, qué calle se inunda, qué mercado se pelea su espacio. Vivir en Cuauhtémoc y conocer Cuauhtémoc son dos cosas distintas, y el dedazo vive de confundirlas.
El universo de los aspirantes confirma la fragilidad del argumento. Diana Sánchez Barrios construye desde su relación con comerciantes; Cynthia López Castro se presenta como “vecina de la demarcación”, que es la versión doméstica del mismo truco. Arturo Ávila, en cambio, ya no compite: declinó a la candidatura y respaldó abiertamente a Citlalli Hernández como “la mejor opción para recuperar la alcaldía”, mientras anunciaba que buscará la reelección como diputado federal y la vocería de su partido, y llamó a los demás aspirantes a sumarse en torno a la presidenta de la CNE. Pero difícilmente puede hablarse de una concesión generosa: Ávila nunca tuvo una oportunidad real de ganar esa candidatura –su sola posibilidad había unido, en su contra, prácticamente a todo el resto del campo aspirante–, así que no es que declinara desde una posición de fuerza, sino que encontró en el respaldo a Citlalli una salida elegante para lo que de cualquier forma ya estaba perdido. Y su salida llama la atención por otro motivo: es la pareja sentimental de Luisa María Alcalde, y el momento le cayó como anillo al dedo para bajarse sin que nadie se lo cuestionara.
El precedente de que esto no es exclusivo de Citlalli tiene nombre propio dentro del mismo partido: Mario Delgado fue diputado federal por un distrito de Iztacalco sin haber vivido jamás ahí. Si eso no le impidió llegar a la dirigencia nacional de Morena, tampoco debería usarse solo contra Citlalli como descalificación para Cuauhtémoc. El problema, entonces, no es Citlalli: es que Morena no tiene –o no aplica– un criterio parejo para decidir quién puede representar un territorio que no habita ni conoce.
Se ha insistido en que Luisa María Alcalde podría encabezar la coordinación en esa alcaldía, y en paralelo ella ha empezado a publicar en redes –sobre todo en TikTok– videos en su faceta de madre, un registro más íntimo que recuerda al que ya explota Alessandra Rojo de la Vega, quien también graba desde su casa. No es casualidad: cuando el arraigo no está documentado, la cercanía se fabrica en video.
Detrás de la apuesta por Cuauhtémoc hay, además, un cálculo de mayor alcance: se ha mencionado que esa alcaldía serviría como plataforma de lanzamiento hacia la Jefatura de Gobierno en 2030. El problema es que ese cálculo tropieza con un dato incómodo: en las encuestas rumbo a esa sucesión, quien encabeza con ventaja arrasadora es el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana federal, Omar García Harfuch. Cualquier ruta que Citlalli trace hacia 2030 tendría que pasar, primero, por desplazarlo a él, no solo por ganar una alcaldía.
Tampoco sería la primera vez que se hace a un lado ante otro proyecto: ya cedió el paso a Luisa María Alcalde para que esta asumiera la presidencia nacional de Morena. La pregunta obligada es si hará lo mismo ahora, o si esta vez sostiene su candidatura hasta el final. Y si lo que busca es demostrar capacidad de recuperación territorial frente a la oposición, cabría preguntar por qué se insiste en Cuauhtémoc y no voltea hacia otra alcaldía también en manos opositoras, como Coyoacán, por ejemplo.
Lo que sí resulta innegable es la creciente presencia de Hernández en distintos medios de comunicación en las últimas semanas, un patrón que sugiere un esfuerzo deliberado por elevar su identificación pública, sea cual sea la alcaldía –o el cargo– que finalmente busque.
Lo que está en juego no es menor, y por eso la improvisación importa. La Cuauhtémoc concentra los tres poderes del estado, los corredores financieros y comerciales más importantes de la capital, el comercio en vía pública más denso del país, los conflictos de gentrificación más agudos de la Roma y la Condesa, y una alcaldesa de oposición que confirmó su reelección y aparece, en distintas mediciones, con aprobaciones de 62 a 64 por ciento, por encima incluso de la Jefa de Gobierno. Morena la perdió en 2021, no la recuperó en 2024, y ahora una parte de su propia estructura discute recuperarla apoyándose en una figura nacional.
El fondo del asunto no es si Citlalli Hernández tiene o no ambición legítima. La tiene, como cualquier cuadro con doce años de carrera. El fondo es que Morena no ha resuelto, ni en la Cuauhtémoc ni en las coordinaciones estatales, un método capaz de hacer que todos los aspirantes jalen parejo. Mientras esa asimetría exista, cada proceso –sea alcaldía, diputación o gubernatura– se resolverá menos por el territorio conquistado que por el lugar que se ocupe en la mesa donde se decide quién compite.
Si Morena quiere evitar que la Cuauhtémoc sea, una vez más, el último en enterarse de quién la gobernará, tendrá que empezar por aplicarse a sí mismo el filtro que exige a los demás. De lo contrario, el patrón seguirá ahí para el que quiera verlo: de Sandra Cuevas a Alessandra Rojo de la Vega, y ahora, quizá, de alguien más impuesto por dedazo de la cúpula y no desde el territorio que dice representar.
POR LAS CALLES… América Rangel, diputada local del PAN, publicó en redes sociales lo siguiente: “La educación pública en México no mejora por una razón muy simple: Los hijos de los funcionarios de #Morena van a escuelas privadas. Por eso les vale. Debemos legislar que sea OBLIGATORIO que los hijos de funcionarios vayan a escuelas públicas. Van a ver qué rápido mejora la educación pública el día que la sufran sus propios hijos”. Lo dice la legisladora de un partido que durante décadas ha defendido la libertad de las familias para elegir la educación de sus hijos sin que el Estado se las imponga; ahora, cuando conviene el golpe político, propone justo lo contrario: una ley que decida por decreto dónde deben estudiar los hijos de los demás. Eso sí, del “debemos legislar” a una iniciativa real no hay nada; por ahora solo existe el tuit. Como dijo el Divo de Juárez: “pero qué necesidad”.

