El día que quieran conversamos

Héctor Díaz Polanco lleva meses presidiendo Morena en la Ciudad de México desde la comodidad del letargo. La semana pasada lo confirmó sin pudor: como el PVEM y el PT no lo habían buscado, él tampoco había considerado buscarlos. Y dijo: “el día que quieran conversamos”. Una declaración que, traducida al lenguaje político real, equivale a admitir que no entiende cuál es su trabajo.

En la teoría de coaliciones –esa rama de la Ciencia Política que estudia cómo se construyen y sostienen las alianzas entre fuerzas de distinto peso– existe un principio que William Riker estableció hace más de seis décadas: los partidos no buscan aliados por generosidad, sino porque necesitan completar la ecuación para gobernar. Y quien tiene más poder institucional, más recursos y más que perder es quien debe mover la primera ficha. No porque sea un gesto de nobleza, sino porque es la única estrategia que tiene sentido.

Díaz Polanco invirtió esa lógica. Asumió que ser el partido grande significa que los pequeños deben venir a tocar la puerta. Pero los partidos minoritarios que se sienten ignorados no se quedan quietos esperando: construyen alternativas. Buscan interlocutores. Negocian con quien esté dispuesto a escucharlos. El espacio que deja vacío el partido fuerte siempre lo ocupa alguien más.

Mientras el presidente de Morena CDMX aguardaba llamadas que nunca llegaron, Jesús Sesma salió al territorio. Los Guardianes Verdes no son solo un ejercicio de imagen: son la demostración de lo que hace un dirigente que entiende que la política se construye en la calle, en la militancia, en la presencia constante. Sesma no esperó a que la coyuntura lo convocara. Él convocó a la coyuntura.

Eso es, precisamente, lo que exige la presidencia de un partido en la antesala de un proceso electoral: diagnóstico territorial, cohesión interna, definición de reglas para la selección de candidaturas antes de que las pasiones se desborden, y negociación proactiva con los aliados estratégicos. No gestión reactiva. No disponibilidad declarada desde el escritorio.

Morena llega al ciclo electoral del 2027 sin liderazgo unificado en la capital, con alcaldesas en conflicto con sus propios legisladores, con aliados que orbitan hacia otros interlocutores y con un presidente de partido que confundió la fortaleza con la indiferencia. La ciudad arde en términos políticos y la dirigencia apenas empieza a dar señales de vida.

“El día que quieran conversamos” no es conducción política. Es sala de espera.

Como lo señalé en una entrega anterior, Héctor Díaz Polanco puede volver tranquilo al mundo académico. Morena en la Ciudad de México no puede seguirse dando el lujo de tenerlo donde está. El tiempo pasa y cada vez el margen de maniobra es menor para llevar a buen puerto el proceso de selección de quienes encabezarán los trabajos rumbo al 2027.

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