Hay una frase que Ricardo Salinas Pliego repite como mantra desde hace más de un año: primero se gana la batalla cultural, después la electoral. La dijo en diciembre de 2024, en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) de Buenos Aires, junto a Javier Milei. Ese día comparó apoyar esa batalla con comprar un seguro contra incendios o inundaciones. La volvió a decir hace unas semanas, en la entrevista con Adela Micha.
La repite en cuanto foro se le presenta, y con ella fundó el Movimiento Anti Crimen y Corrupción, pensado explícitamente para dar esa “batalla cultural e intelectual” contra Morena.
Lo que no menciona –o prefiere no destacar– es que la frase no es suya, ni de Milei, ni de la nueva derecha internacional que la repite como consigna. Es de Antonio Gramsci, el teórico comunista italiano que la escribió en la cárcel de Mussolini.
Gramsci nunca usó literalmente “batalla cultural”: su término era “guerra de posición”, y su tesis era que el poder no se toma por asalto frontal al Estado, sino conquistando antes el consenso en la sociedad civil –escuelas, medios, lenguaje, sentido común– para que la revolución, cuando llegue, encuentre el terreno ya ganado. Lo pensó para que el proletariado derrotara a la burguesía. Setenta años después, se lo apropió la derecha.
El puente lo tendió primero la Nouvelle Droite francesa en los años setenta, con Alain de Benoist a la cabeza, que adaptó el vocabulario gramsciano –hegemonía, guerra de posición, lo que ellos llamaron “metapolítica”– para un proyecto conservador. En Estados Unidos, Pat Buchanan popularizó desde los noventa la idea de una “culture war” que la derecha debía librar antes de gobernar.
En América Latina, quien hoy encarna esa tradición con más ruido es Agustín Laje, el ideólogo argentino vinculado a Milei, a quien sus críticos acusan sin rodeos de haber tomado el concepto de Gramsci, invertirlo, y convertirlo en eslogan de marca. Salinas Pliego es apenas el último eslabón de esa cadena: Gramsci, Nouvelle Droite, Buchanan, Laje, y ahora el dueño de TV Azteca gritando contra “los zurdos de mierda” con el manual estratégico de un comunista italiano en la mano.
Pero la coincidencia no los hace iguales. AMLO construyó hegemonía desde el poder, con el aparato del Estado y el Zócalo lleno cada domingo. Salinas Pliego la intenta construir desde la pantalla, con TV Azteca y redes sociales como trincheras. Pero ambos parten del mismo diagnóstico: sin conquistar el sentido común primero, ningún programa de gobierno resiste.
Lo interesante es que en México ya habíamos visto una versión de esta guerra de posición, con signo contrario. Andrés Manuel López Obrador le llamó “la revolución de las conciencias” desde su campaña de 2018 –la proclamó la noche misma de su triunfo electoral, el 1 de julio, en el Zócalo– y la predicó durante todo su sexenio como el motor verdadero detrás de la Cuarta Transformación: una transformación moral e interior de cada mexicano, previa e indispensable a cualquier cambio institucional. La repitió hasta su último acto de gobierno.
Su genealogía no viene de Gramsci sino de una tradición mexicana muy distinta –la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, la “República Amorosa” de campaña, un lenguaje casi de homilía con vicios que combatir y virtudes que cultivar– pero estructuralmente hace exactamente lo mismo que describió el italiano: construir sentido común antes que tomar instituciones.
Ahí aparece una asimetría que vale la pena subrayar. AMLO sí se apropió de la palabra completa: “revolución”. La derecha, en cambio, nunca se atreve a usarla para sí misma; prefiere “batalla” o “guerra”, y reserva “revolución cultural” como acusación, como sinónimo de adoctrinamiento totalitario, con la Revolución Cultural de Mao como fantasma de fondo.
Es una distancia de vocabulario que revela algo del cálculo de cada quien: uno reclamaba el término más ambicioso porque prometía transformar; el otro elige el término más modesto porque su promesa es, en el fondo, conservar la propiedad, la libertad individual, un orden que defender del asalto contrario.
Dos guerras de posición, entonces, libradas por adversarios declarados, con contenidos opuestos –comunidad contra individuo, sacrificio contra propiedad– pero con la misma arquitectura de fondo, heredada, con o sin crédito, del comunista que la inventó pensando en el fin de la burguesía.
Gramsci, que murió en una cárcel fascista sin ver ninguna de sus dos guerras de posición hecha realidad, seguramente no imaginó que setenta años después su estrategia terminaría sirviendo, con el mismo entusiasmo, a un profeta de la Cuarta Transformación y a un empresario que quiere vender pólizas de seguro cultural a sus colegas.
Queda pendiente la pregunta que de verdad importa para 2027 y 2030: si esta lógica –conciencia antes que gobierno, sentido común antes que programa– es ya la única forma de construir poder en México, más allá de quién la use y para qué.
Porque si nadie ofrece un programa que dispute ese terreno –no solo una batalla cultural mejor producida– la próxima guerra de posición, sea cual sea su bandera, encontrará el camino despejado. Como lo encontró Andrés Manuel López Obrador. Como lo está encontrando Ricardo Salinas Pliego.
POR LAS CALLES… Clara Brugada entregó ayer las obras de modernización integral de las estaciones Bellas Artes, Hidalgo y Allende, de la Línea 2 del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro. En Hidalgo, una de las escaleras eléctricas tiene varios días sin funcionar. Es una de las que la gente usa para transbordar de la Línea 3 a la Línea 2. Esa escalera, detenida el mismo día de la visita, es el gobierno de Brugada en una imagen: la modernización se inaugura antes de que exista. Adrián Rubalcava, el director de ese importante medio de transporte, también estuvo en el evento. Seguramente ni enterado estaba del problema. En el Metro de la CDMX, eso ya es tradición.
X: GarcíaJJavier
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