Jueves de Corpus, 10 de junio de 1971. En la sala de juntas de un hotel de la colonia Juárez, unos treinta jóvenes escuchan a Heberto Castillo, a quien apenas unas semanas antes habían sacado de la cárcel tras dos años de prisión. El ingeniero trae un plan: un Comité Nacional de Auscultación y Organización que conduzca a la formación de un nuevo partido político. Es una de esas reuniones que parecen destinadas a la historia, aunque nadie en la mesa sospecha que la historia está a punto de entrar por la puerta.
Entra un muchacho desaliñado, visiblemente alterado, que se planta en medio de la mesa. En unas cuantas frases cuenta lo que ocurre a pocas cuadras, por el rumbo de la Normal de Maestros, en San Cosme: un grupo paramilitar armado, que después se conocería como los Halcones, ha atacado la manifestación estudiantil y persigue a los jóvenes hasta los hospitales para rematarlos. “¡Están masacrando a los compañeros!”, resume. Agrega que es una locura seguir ahí reunidos y pide disolver la junta y volver a casa. Heberto no discute. Se levanta y ordena: “¡Vámonos!”. Todos lo siguen, de prisa.
La escena la narra Francisco Ortiz Pinchetti, uno de los presentes, invitado ese día por su hermano José Agustín, en un texto publicado en SinEmbargo el 12 de septiembre de 2025. Retomo el texto porque el muchacho que llegó con la noticia y salvó la tarde era Eduardo Cervantes Díaz-Lombardo, recién egresado de la UNAM, un activista que había figurado como líder menor en el movimiento de 1968.
Más de cinco décadas después, ese mismo hombre volvió a irrumpir en una sala donde nadie quería escucharlo. Pero antes conviene revisar la hoja de ruta, porque en este caso el currículum es argumento. Cervantes participó en el CNAO y fue, con Heberto, fundador del Partido Mexicano de los Trabajadores y luego del Partido Mexicano Socialista. Pasó por el PRD y llegó a Morena, donde fue su primer dirigente estatal en el entonces Distrito Federal. De ese cargo renunció “por dignidad” en enero de 2015, por diferencias insuperables con la dirección local. Ha vivido de dar clases en el IPN y, eventualmente, en la UAM, y fue articulista de Unomasuno. Cuatro siglas, una sola trinchera: la izquierda histórica. Ortiz Pinchetti lo retrata como un hombre de convicciones, serio, discreto y, sobre todo, congruente, que no asume su ideología como pose, moda o máscara, “sin trampas”.
Lo que sucedió el año pasado confirma el retrato. A finales de agosto de 2025, en la “Chilanguera”, la conferencia de prensa semanal de la bancada morenista en el Congreso capitalino, Cervantes no se anduvo con rodeos: “El principal enemigo de la Cuarta Transformación está dentro, no afuera”. Habló de mucha gente que miente, que es corrupta y que no comparte los fundamentos del proyecto. Repitió el planteamiento días después, en la emisión “Los Periodistas” de SinEmbargo, con Álvaro Delgado y Alejandro Páez Varela.
Contrastó el discurso de austeridad con el apetito insaciable por candidaturas y cargos, y con la afición por los restaurantes, los hoteles de cinco estrellas y la clase premier en los aviones. Puso números sobre la mesa: 11 de los 24 gobernadores de Morena son expriistas y el partido perdió en 2024 en 10 de las 24 capitales que gobierna. Advirtió sobre el riesgo de perder en 2027 alcaldías de la Ciudad de México, en particular Álvaro Obregón, Azcapotzalco, Iztacalco y Xochimilco. Y señaló a quienes, a su juicio, ponen a los candidatos inadecuados: “los lidercillos regionales, los diputados locales, los jefecillos municipales”.
La respuesta fue la de siempre. Héctor Díaz-Polanco, entonces dirigente capitalino, habló de “opiniones personales”. César Cravioto pidió no darles demasiada importancia, porque el movimiento está fuerte y la oposición no tiene brújula. Xóchitl Bravo, coordinadora de la bancada, también se deslindó. Y como consecuencia directa, según relata Ortiz Pinchetti, Cervantes fue separado de su cargo como responsable del Programa de Formación Política del Comité Ejecutivo Estatal. Es decir, el encargado de formar políticamente a la militancia fue retirado por decir en voz alta lo que la formación política suele enseñar a decir. Ortiz Pinchetti lo resumió en cuatro palabras: lo sancionaron por congruente.
Un año después, Cervantes regresa con un texto en Facebook titulado, sin sutilezas, “Imposiciones desastrosas en ruta al despeñadero”. Abre con una sentencia: Morena no pierde en 2027, pero sí el significado, el origen y la razón de ser de la 4T. Su cuenta es esta: de las 17 gubernaturas en disputa, en 12 de 14 casos posibles se trata de imposiciones de los gobernadores en funciones, es decir, continuidad y, apunta, impunidad. Nueve candidaturas provienen del Senado, “trampolín” que, en su lectura, disuelve la responsabilidad legislativa ante el premio mayor. Cinco vienen de los “Chuchos” del PRD (Colima, Aguascalientes, Michoacán, Guerrero y, probablemente, Sinaloa); cuatro son regalos al PV (San Luis Potosí, Quintana Roo, Nayarit y Baja California Sur); dos, obsequios al PAN (Campeche y Chihuahua); y cuatro vienen directamente del PRI (Sonora, Nuevo León, Zacatecas y Baja California). Solo Tlaxcala y Querétaro le parecen compatibles con los fundamentos de la 4T.
Es, conviene precisarlo, la cuenta de Cervantes, con sus propios criterios sobre qué es una imposición y qué un perfil afín. Pero la advertencia de fondo es más amplia: esa realidad, escribe, se reproducirá “en cascada” en las diputaciones federales y locales, y de ahí hasta las presidencias municipales. Su diagnóstico es un panorama de “perder ganando”, el doloroso destino de una transición democrática con logros inocultables y de la esperanza popular en una transformación de fondo. Y remata con una línea que podría ser epitafio o programa: “Los ilusos seguimos esperando una reacción”.
Lo más revelador del texto, sin embargo, son los comentarios que lo siguen, escritos por gente que se asume morenista o simpatizante. Un lector lo felicita por un análisis “triste, pero realista” y recuerda a quienes anduvieron caminando por las calles, casa por casa, bajo el sol, para ver cómo se pierde lo más valioso: la esencia, los principios y la credibilidad. Otro advierte que lo más preocupante es el ascenso de la ultraderecha, alimentado por la incapacidad de Morena de conducirse como prometió, por invitar a personajes impresentables y por el silencio ante la corrupción; la gente, dice, está cansada de las incongruencias de la izquierda, y mira a Brasil. Un tercero habla de una “menuda lección de democracia” y de lo que quedaba de la esencia del partido, sepultado. Otro más ofrece una explicación casi de manual: no se construyó un partido con vida propia que politizara y organizara a sus militantes y, en su lugar, las encuestas generaron obediencia ciega.
X: @GarciaJJavier

