Hay algo que está pasando en América Latina y que no conviene ignorar desde México, aunque la tentación sea mirar para otro lado. En Colombia y en Perú, los dos países que recientemente tuvieron elecciones presidenciales, ganó la derecha. En Colombia, Abelardo de la Espriella –millonario, ultraderechista, con jets privados en su feed de Instagram y promesas de construir megacárceles al estilo del presidente salvadoreño Nayib Bukele– derrotó al candidato respaldado por el presidente Gustavo Petro. En Perú, Keiko Fujimori se impuso por una diferencia mínima: la hija del ex presidente Alberto Fujimori ganó por 49.641 votos al izquierdista Roberto Sánchez. Una sociedad partida a la mitad.
Antes que ellos: Javier Milei en Argentina (2023), Daniel Noboa en Ecuador (reelegido en 2025), José Antonio Kast en Chile (2025), Rodrigo Paz en Bolivia, quien cerró un ciclo de 20 años de gobiernos de izquierda en ese país. El mapa latinoamericano se ha puesto de otro color. México y Brasil son, hoy, los únicos bastiones progresistas que quedan en la región, este última con elecciones en octubre.
¿Por qué está pasando esto? La pregunta importa porque la respuesta no es la que muchos prefieren escuchar: que la derecha ganó por méritos propios, por sus ideas, por su proyecto. No. Lo que está sucediendo tiene que ver más con los errores ajenos que con los aciertos propios.
Bryan Harris, socio director de Sabio, consultora estratégica especializada en América Latina, lo explica sin rodeos en un análisis publicado por BNamericas: “La derecha se ha beneficiado menos del entusiasmo por su propia agenda y más por representar la alternativa disponible. El elemento común en toda la región es el desgaste de los gobiernos incumbentes, amplificado por la capacidad de las redes sociales para acelerar y difundir el descontento público”.
El politólogo chileno Cristóbal Rovira Kaltwasser –director del Laboratorio para el Estudio de la Ultraderecha y coeditor del libro The Far Right in Latin America (Cambridge University Press, 2026)– añade un dato que incomoda a quienes quieren ver en esto una gran reacción conservadora de las masas: la evidencia empírica disponible revela que no hay un giro conservador en el electorado latinoamericano. El rechazo al matrimonio igualitario no ha aumentado. Los derechos LGBTI+ siguen siendo apoyados mayoritariamente. Lo que ha ocurrido, dice Rovira, es otra cosa: la ultraderecha ganó porque la derecha convencional agotó su oferta y la izquierda gobernante acumuló demasiados fracasos.
Para entender el fenómeno hay que remontarse a los años de bonanza. Entre 2003 y 2013, América Latina vivió una década prodigiosa: el precio de las materias primas estaba por las nubes, los gobiernos progresistas recaudaron sin dificultad, redujeron la pobreza, ampliaron programas sociales y mejoraron el consumo de millones de familias. Fue el gran ciclo de la llamada “marea rosa”.
El problema, como señala el politólogo peruano Alberto Vergara –uno de los analistas más agudos de la región–, es que muchas democracias latinoamericanas construyeron legitimidad sobre el crecimiento económico más que sobre instituciones sólidas. Cuando el ciclo favorable terminó, los programas sociales no desaparecieron de golpe, pero se volvieron insuficientes, quedaron capturados por redes clientelares o simplemente no alcanzaron para sostener las promesas que los habían hecho populares.
Entonces llegaron los escándalos de corrupción. El caso Odebrecht fue el más emblemático, pero no el único. Steven Levitsky, politólogo de Harvard y uno de los mayores especialistas en democracia latinoamericana, ha advertido que la corrupción persistente erosiona la confianza en los partidos tradicionales y abre espacio para líderes antisistema que prometen limpiar la política. La izquierda, que había construido buena parte de su legitimidad sobre la promesa de ser una alternativa ética frente a las élites, quedó atrapada en sus propias contradicciones.
Yascha Mounk, politólogo y autor de algunos de los análisis más influyentes sobre la crisis de las democracias liberales, agrega otra dimensión: parte de la izquierda contemporánea puso demasiado énfasis en debates identitarios y culturales, mientras muchos ciudadanos estaban más preocupados por el empleo, la inflación, los servicios públicos y la inseguridad. No se trata de restar importancia a los derechos de las minorías. Se trata de reconocer que amplios sectores populares priorizan cuestiones materiales y de seguridad, y que ignorar eso tiene un costo electoral.
El historiador argentino Pablo Stefanoni –jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad y autor del libro ¿La rebeldía se volvió de derecha? (Siglo XXI, 2021)– ofrece quizá la lectura más incómoda para las izquierdas: estas dejaron de leer a la derecha, mientras que la derecha sí leyó a la izquierda. Las nuevas derechas radicales van más allá de criticar al progresismo: lo estudian, aprenden de sus tácticas, ocupan el espacio de la indignación que antes era territorio de la izquierda y lo hacen con un lenguaje populista que resulta atractivo, sobre todo para los jóvenes.
Hay un dato que conviene subrayar. En Argentina, Javier Milei arrasó entre los menores de 24 años. En Chile, Kast también tuvo su mayor penetración entre votantes jóvenes. Es la paradoja más inquietante del ciclo: la generación que más depende de los programas sociales es también la más susceptible al discurso antisistema de la derecha radical. Y lo es, en buena medida, porque es la generación que construye su visión política en las redes sociales, donde la narrativa ultraconservadora lleva años trabajando con mucha más habilidad que la izquierda.
Creomar de Souza, director de la consultora Dharma Political Risk and Strategy, introduce en el mismo análisis de BNamericas un elemento adicional: hay una tendencia creciente a que el elector vote contra quien está en el poder, independientemente de la orientación ideológica del gobierno. Los ciclos políticos se están acortando. El desgaste es más rápido. Y las redes sociales amplifican cada error en tiempo real.
La conclusión de esta lectura regional es clara. La formula Fernando Arce Alvarado, parlamentario andino que ha estudiado el fenómeno: el voto por la derecha expresa más una demanda de eficacia, seguridad, honestidad y resultados concretos que una conversión ideológica. América Latina no se ha vuelto más conservadora. Lo que ha ocurrido es una creciente desilusión con ciertas izquierdas gobernantes.
¿Podría ocurrir lo mismo en México? De eso hablaremos en la próxima entrega.
X: @GarciaJJavier

