Ensayo sobre la ceguera de Clara Brugada

En 1988, el actor Julio Alemán protagonizó Sabadazo, una película en la que interpreta a un político que recibe una llamada del presidente: será el próximo regente del Distrito Federal. Antes de tomar posesión, decide recorrer la ciudad de incógnito para conocer a su gente, sin imaginar las sorpresas que le depara cada esquina, cada vecindario, cada sector de una sociedad que vive realidades muy distintas a las que se ven desde el escritorio del poder. La película tiene décadas, pero la pregunta que plantea sigue siendo pertinente: ¿cuándo fue la última vez que la jefa de Gobierno de la Ciudad de México caminó por ella sin escolta, sin agenda y sin cámaras?

Clara Brugada viene de la lucha popular. Eso no es un dato menor ni un adorno de campaña: es una trayectoria real, construida en Iztapalapa durante años de gestión territorial y conflicto político. Y sin embargo, en el tiempo que lleva al frente del gobierno capitalino ha dado señales preocupantes de que algo se perdió en el camino. No la trayectoria, sino la mirada. Esa capacidad de ver lo que la ciudad le dice a quien la recorre sin el filtro de los reportes institucionales y los actos de inauguración.

Saramago escribió que hay ciegos que ven y que, viendo, no ven. La ceguera que describe en su novela no es la falta de luz sino la falta de atención, la incapacidad de registrar lo que está frente a los ojos. Es tentador aplicar esa distinción a la gestión de Brugada, no como insulto sino como diagnóstico: una gobernante que tiene ojos, que recorre la ciudad, que inaugura obras, pero que parece no ver lo que la ciudad le está mostrando.

¿Qué vería si se diera una vuelta de incógnito, al estilo del político de Sabadazo? Escucharía lo que la gente opina de la Calzada Flotante, esa obra faraónica que divide más de lo que une, que interrumpe el tránsito, que transforma una avenida en un laberinto de cierres y desvíos, y cuyo beneficio concreto para los habitantes de a pie sigue siendo difícil de explicar en términos cotidianos. Vería la ciclovía de Tlalpan, inaugurada con fanfarria sin que nadie consultara a quienes usan esa vialidad todos los días, un error de planeación que habría sido evitable con un poco menos de prisa y un poco más de escucha. Encontraría los baches que siguen ahí, en toda la ciudad, resistiendo administraciones, resistiendo presupuestos, resistiendo promesas. Y no tendría que esperar a que lloviera para ver las inundaciones: ya llovió, y ya se inundaron varias zonas de la ciudad, las mismas de siempre, con el mismo desamparo de siempre.

Si se metiera al Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro, escucharía a la gente que lleva años cansada: de los retrasos, de los trenes que fallan. Y en estos días, de algo más: de las obras que se realizan en múltiples estaciones a pocas semanas de la inauguración del Mundial, con el polvo, el ruido, las escaleras eléctricas fuera de servicio y el caos cotidiano que eso genera. Porque para quien usa el STC Metro cada día, el problema no tiene fecha de inicio ni de término: simplemente existe.

 Y si llegara a Xochimilco, vería los canales. Los vería como son: no como postal turística ni como ecosistema rescatado, sino como un sistema hídrico que lleva décadas en deterioro acelerado y al que ninguna administración ha atendido con la seriedad que merece. Ahí vive el ajolote, ese anfibio que se convirtió en símbolo de la ciudad, en mascota del gobierno, en imagen de campaña. El ajolote que aparece en bardas y calles de color morado. El problema es que los ajolotes no son morados. Son grises, son oscuros, son criaturas de agua turbia y fondo lodoso. Pintarlos de morado no los salva. Pintarlos de morado no limpia los canales. Pintarlos de morado es exactamente el tipo de gesto que una gobernante que ve sin ver considera suficiente.

Brugada todavía tiene tiempo. El 2027 no llegó y el barco, aunque toma agua, no se ha hundido. Pero la diferencia entre una administración que endereza el rumbo y una que naufraga suele estar en un momento preciso: el momento en que quien gobierna decide dejar de ver lo que quiere ver y empieza a ver lo que la ciudad le está mostrando. Ese momento todavía puede ocurrir. Lo que no puede seguir ocurriendo es que la Ciudad de México se pinte de morado mientras sus problemas reales siguen sin resolverse.