La ciudad no está de fiesta, está en pie de guerra

Mañana, la Ciudad de México amanecerá sitiada. No por el enemigo que ningún funcionario quiere nombrar –el abandono, la desidia, la soberbia de quienes gobiernan– sino por decenas de organizaciones que llevan meses, en algunos casos años, esperando ser escuchadas. El Mundial de Fútbol llega al Estadio Azteca y con él una oportunidad que Clara Brugada convirtió en escaparate. Lo que nadie calculó bien es que el escaparate también lo aprovecharían quienes no tienen micrófono en las conferencias de prensa.

La lista es larga y no es casual: la CNTE, la ANTAC, la AMOTAC, el Frente Nacional por el Rescate del Campo Mexicano, colectivos de familias de personas desaparecidas, normalistas de Ayotzinapa, vendedores ambulantes de Coyoacán, vecinos hartos de megaconstrucciones en Tlalpan y Coyoacán, pueblos originarios de la Cuenca del Anáhuac. A ellos se suman varias Comisiones de Participación Comunitaria que anunciaron movilizaciones en rechazo al Plan General de Desarrollo, una de las deudas más grandes que la administración de Brugada tiene con la ciudad: un instrumento de planeación urbana que lleva meses pendiente, sin que el gobierno capitalino muestre prisa por resolverlo. Cada organización con su agravio. Muchas con deudas del gobierno federal. Pero una parte significativa con una cuenta pendiente mucho más cercana: la administración capitalina.

Las obras del Metro son el síntoma más visible de una ciudad que se administra para la foto. Se hacen con los usuarios adentro, esperando el tren, respirando polvo. Donde ya terminaron, las lluvias se encargan de recordar la calidad del trabajo. El Jardín Flotante Tlallipan en Tlalpan fue inaugurado antes de estar listo, una metáfora que se explica sola. Las lluvias, por su parte, no discriminan: colonia rica o popular, la infraestructura cede igual cuando no se le metió el presupuesto que merecía.

Y en ese contexto, ¿cuál es la actitud de los funcionarios? Tomás Pliego, secretario de Atención y Participación Ciudadana, dejando plantados a los habitantes de Tlatelolco con la palabra en la boca. César Cravioto grabándose en video para recomendar un jarabe llamado Ajolotius a quienes “la hacen de tos” por las obras. Un chiste que no le da risa a nadie que viva cerca de una estación en remodelación. Con esa actitud, lo que logran Pliego y Cravioto no es distender el ambiente: es confirmar que su jefa piensa igual de sus gobernados.

Las organizaciones de vivienda lo saben de sobra. Llevan meses recibiendo largas, promesas y funcionarios sin autoridad para decidir nada. Hoy, con el Azteca como foro involuntario, algunos hablan de ir “a meter gol” donde saben que habrá cámaras. No sería la primera vez que una ciudad mal gobernada convierte un evento deportivo en tribuna política.

El escaparate también tiene sus propias fisuras. El Fan Fest en el Zócalo, uno de los ejes de la apuesta festiva del gobierno capitalino, enfrenta la posibilidad de no realizarse mañana –al menos en su primera jornada– ante la confluencia de movilizaciones que tienen en la plancha y sus alrededores un punto natural de concentración. Pero el Zócalo ya acumulaba su propio malestar desde antes. Nunca en su historia reciente había estado amurallado, con una sola entrada y filas para poder acceder. Los comerciantes de la zona lo padecieron en carne propia: nadie los tomó en cuenta cuando se decidió acordonar la plaza y el cerco los asfixió. Como siempre, se pensó en el evento, no en quienes viven del lugar.

Para acabarla de amolar, le tomó casi una semana a Clara Brugada y al secretario Cravioto aclarar su relación con María Fernanda Islas Mier, la mujer que encabezó el grupo que controló los accesos al Zócalo. La versión oficial: es “empresaria” y actuó por cuenta propia, sin que nadie del gobierno la enviara. El problema es que muchas personas la identificaron como figura cercana a Diana Sánchez Barrios, diputada local y líder de los comerciantes ambulantes del Centro Histórico y de la alcaldía Cuauhtémoc. Dicho eso, la declaración cayó al vacío. No hubo investigación, no hubo consecuencias, no hubo nada. El silencio como respuesta es, a estas alturas, la marca registrada de esta administración.

Lo que pase mañana dirá mucho. Ya venían en camino, al cierre de esta columna, 18 autobuses con maestros de Guerrero para reforzar a la CNTE en la capital. La ciudad no está de fiesta. Está en pie de guerra. Y quienes gobiernan, ocupados en el partido. POR LAS CALLES… Santiago Taboada reapareció. Dos años después de perder la jefatura de gobierno frente a Clara Brugada, el ex candidato de la alianza PAN-PRI-PRD publicó un video en el que enlistó, con números en mano, el catálogo de obras fallidas con que el gobierno capitalino quiso vestir a la ciudad para el Mundial: 66 millones de pesos tirados a la basura pintando mobiliario y calles de morado –violando la NOM 034– para luego tener que repintarlo todo de amarillo en vísperas del torneo. Otros 900 millones en rehabilitar la Línea 2 del Metro, donde los usuarios siguen esperando más de 30 minutos para subirse a un vagón. Una ciclovía de 187 millones. Un parque elevado de dos kilómetros que se inunda y costó más de 2,000 millones. Un tren ligero que días antes del arranque del torneo desalojó pasajeros y los mandó a caminar sobre las vías. El diagnóstico de Taboada no es inexacto. El problema es quién lo formula y cuándo. Mientras él rumiaba la derrota lejos de la ciudad, muchos de quienes lo acompañaron y lo apoyaron siguieron dando la batalla: en el territorio, en el Congreso de la Unión, en el Congreso local. Dos años de silencio no se compensan con un video bien editado a horas de que arranque el partido. Lo que él dice hoy, otros lo han venido diciendo desde que él se fue. Llegar ahora a enunciar lo evidente tiene nombre: oportunismo con retraso. Y en política, eso tampoco es gratis.