Autocrítica a puerta cerrada

Hace unos días, Imanol Ordorika publicó en La Jornada una columna titulada “Izquierdas frente al espejo”. Su tesis, hilada con la lucidez de quien lee a Gramsci desde la derrota, es incómoda: las izquierdas latinoamericanas están en crisis no porque la derecha las haya derrotado, sino porque se han negado a verse al espejo. “Corremos el riesgo de convertirnos en analistas expertos de nuestra propia derrota”, advierte. Y tiene razón. Pero en la Ciudad de México, el espejo no solo está roto: a quien se atreve a mirarse en él, lo corren.

Eduardo Cervantes Díaz Lombardo lo sabe bien. Fundador del PRD y de Morena, director de Participación Ciudadana con López Obrador en el gobierno capitalino y ex presidente del Comité Estatal de Morena en esta ciudad, Cervantes era en agosto de 2025 el responsable del Programa de Formación de Formadores del partido en la CDMX. Durante la conferencia “La Chilanguera” del grupo parlamentario de Morena en el Congreso local, se atrevió a decir lo que muchos militantes de base saben pero pocos dirigentes confiesan: “En nuestro partido hay mucha gente que miente, que es corrupta y que no comparte los fundamentos del proyecto de transformación. Creo que el enemigo principal de Morena está dentro de Morena”.

Alertó sobre 11 de los 24 gobernadores de Morena que son expriistas. Sobre la derrota en 10 de las 24 capitales donde gobierna. Sobre el riesgo concreto de perder alcaldías en la capital en 2027: Álvaro Obregón, Azcapotzalco, Iztacalco, Xochimilco. Dijo que si no se actúa críticamente, “las derrotas se van a multiplicar” porque los candidatos los siguen poniendo “los lidercillos regionales, los diputados locales, los jefecillos municipales”. Días después, la presidencia del Comité Ejecutivo Estatal lo separó de su cargo. “Me permito informarles, queridas compañeras y compañeros, que hace un par de horas fui informado de mi separación de la responsabilidad que tenía en el Programa de Formación Política del CEE, por decisión de este órgano y del Presidente del mismo. Para su conocimiento. Ya veremos”, escribió él en los chats internos del partido.

La reacción de la dirigencia local fue previsible. Héctor Díaz-Polanco lo deslindó: eran “opiniones personales”. César Cravioto, secretario de Gobierno, minimizó: “No le demos demasiada importancia a las declaraciones de ayer, que además no son ni de un dirigente del movimiento del partido”. La regla quedó clara: las críticas “deberían realizarse en espacios internos”.

Ahí está el problema. Ese “deberían” es la trampa. Porque en Morena, como en otros partidos que han olvidado de dónde vienen, “espacios internos” es sinónimo de invisibilidad, de silencio, de nada. La autocrítica que no sale a la luz no es autocrítica: es terapia de grupo para dirigentes.

El filósofo político Michael Walzer distinguía entre la “crítica interna” –aquella que surge desde dentro de una tradición para mejorarla– y la “crítica externa” –la que cuestiona desde fuera sus fundamentos. La 4T ha logrado desactivar ambas. La crítica externa es descalificada sistemáticamente como “conservadora” o producto de intereses creados, mientras que la crítica interna es vista como traición o debilidad. Cervantes no era un crítico externo. Era un fundador, un histórico, un hombre que construyó este partido desde sus raíces. Y aun así, por ejercer crítica interna, fue castigado.

Citlalli Hernández, en una entrevista reciente con Hernán Gómez, intentó explicar esta lógica. Dijo que hay un “exceso de diálogo interno que no se ve afuera” por “responsabilidad y cuidado”. Que si ella, como dirigente, hiciera una crítica pública, “sería escandaloso, la derecha lo utilizaría”. Que la clave está en “equilibrar entre la crítica, la autocrítica, el diálogo y el cierre de filas”. Suena razonable, hasta que ves lo que le pasó a Cervantes. Él no habló en un mitin de la oposición.

Ordorika, citando a Gramsci, recuerda que el fascismo no derrotó a un movimiento obrero fuerte: “se asentó en el lugar que la izquierda ya no era capaz de ocupar”. En la CDMX de 2026, el vacío no lo ocupa la ultraderecha. Lo ocupa la desconfianza. La sensación de que el partido que gobierna esta ciudad desde hace casi tres décadas –primero como PRD, ahora como Morena– ya no escucha a quienes lo hicieron grande. Que los barrios, los mercados, las colonias populares, ya no encuentran en sus dirigentes oídos sino portavoces.

La militancia de Morena en esta ciudad no es tonta. Sabe quién llegó al partido ayer y quién lleva décadas caminando las calles. Sabe qué alcaldías funcionan y cuáles se gobiernan con el mismo viejo estilo que se juró desterrar. Sabe que hay expriistas en puestos clave, que hay corrupción interna, que hay “lidercillos” que operan con la misma lógica del “viejo régimen”. Pretender que esto solo se puede decir entre puertas cerradas, para no “dar armas a la derecha”, es autoengaño.

El pensador italiano Norberto Bobbio argumentaba que la izquierda se distinguía históricamente por su compromiso con la igualdad, pero también por su método: el debate racional, la autocrítica y la apertura al cambio. Cuando un movimiento de izquierda abandona estos principios metodológicos, puede terminar reproduciendo las estructuras autoritarias que combatió. Morena, en la Ciudad de México, está en ese riesgo. No es que haya dejado de ganar elecciones. Es que está dejando de ser lo que prometió ser.

Como señalé en esta columna en ocasiones anteriores, la verdadera lealtad a un proyecto transformador no consiste en negar sus fallas, sino en señalarlas para superarlas. Cuando la lealtad política se antepone al análisis riguroso, como advertía Hannah Arendt, comenzamos a “pensar con la sangre” en lugar de con la razón. Y cuando un partido castiga la crítica interna, no importa cuántas elecciones gane: está reproduciendo los mecanismos que juró destruir.

Cravioto dijo que la oposición “no tiene brújula”. Puede ser. Pero la brújula de Morena en la CDMX tampoco sirve de mucho si quienes señalan que el rumbo está mal son echados del barco. Eduardo Cervantes no es un infiltrado de la derecha. Es un militante de izquierda con más trayectoria que muchos en Morena. Si a él lo corren por decir la verdad, ¿qué le espera a un militante de base en Azcapotzalco o en Iztacalco?

No se puede tapar el sol con un dedo. Las alcaldías que Cervantes mencionó no se salvarán con censura. Se salvarán –si es que se salvan– con autocrítica real, pública, incómoda, la que duele pero cura. La que Ordorika exige cuando dice que las izquierdas deben “disputar activamente el sentido común –la igualdad, la seguridad, la dignidad del trabajo, el futuro de los jóvenes– en lugar de cederlo a quien tenga más recursos para capturarlo primero”. En la Ciudad de México, el sentido común de la gente ya está diciendo que algo no anda bien. La pregunta obligada es si Morena está dispuesta a escucharlo o si seguirá prefiriendo el espejo roto.

POR LA CIUDAD… En Miguel Hidalgo el PAN sacó a más de mil militantes a la calle para respaldar a Miguel Errasti, el hombre que conoce la alcaldía como pocos: ya compitió ahí antes de que llegara Tabe y sacó la votación más alta que un panista había logrado en la demarcación hasta ese momento. Ahí estuvieron la presidenta del blanquiazul capitalino, Luisa Gutiérrez; el diputado Raúl Torres; la concejal Dairen Paredes, la consejera nacional Gabriela González, el secretario general del partido en la demarcación, Andrés Alcántara y una buena parte de la estructura territorial, en un acto que no se armó desde un escritorio sino con veinte años de trabajo en el territorio. Mientras eso ocurría a la luz pública, por teléfono circulaba otra historia, mucho menos presentable: que César Garrido, hoy director general de Gobierno y Asuntos Jurídicos de la alcaldía, ya estaría “destapado” para suceder a Tabe, apoyado con los COPACOS de la propia demarcación. Si eso fuera cierto, sería con el aparato y el presupuesto de la alcaldía puestos al servicio de una candidatura interna. Por cierto, la moneda está en el aire: ni la propia encuesta de Massive Caller que se usa para presionar coloca a Garrido en primer lugar, sino detrás de la diputada América Rangel, con 30.7% contra ella. Y usarla como propaganda no es lo más adecuado luego de las fallas que tuvo esa casa encuestadora en 2024, entre otras, con su medición de Xóchitl Gálvez. Lo realmente importante es medir no solo la preferencia; también deben considerarse los negativos, porque ahí podría estar la diferencia entre ganar y perder.

X: GarcíaJJavier

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