Hay ideas que ni se toman la molestia de cambiarse el nombre. “Cuauhtémoc Nos Une” ya existió en 2024, cuando durante la campaña de Clara Brugada un grupo encabezado por Dunia Ludlow Deloya y José Manuel Oropeza Morales presentó, con manifiesto y ocho compromisos incluidos, exactamente la misma etiqueta. Dos años después, otro grupo –ahora con Agustín Torres al centro– decidió reutilizarla, como quien encuentra una playera vieja en el clóset y decide que todavía sirve para salir a la calle.
El reciclaje de nombres no pasaría de ser un chiste interno si no viniera acompañado de un trato igual de descuidado hacia la prensa. En la conferencia, a los reporteros los segregaron, los fotografiaron y les exigieron acreditación del medio; cuando llegó el momento de preguntar, la respuesta fue el silencio. Un movimiento que se presenta como vecinal empezó su vida pública tratando a quienes cubren la ciudad como intrusos.
Y luego está el detalle que ninguna oficina de comunicación debería dejar pasar: en el rótulo que identificaba a Torres durante el evento se leía “Ex Jefe Delegacional de la Alcaldía Cuauhtémoc y Dirigente de Morena en Cuauhtémoc”. Los dos datos están mal, y no por descuido menor. Cuando Torres estuvo al frente de esa demarcación existían las jefaturas delegacionales; las alcaldías no existían todavía, así que llamarlo “Ex Jefe Delegacional de la Alcaldía Cuauhtémoc” es un anacronismo que cualquier corrector habría tachado. Lo de “Dirigente de Morena en Cuauhtémoc” es, de plano, un cargo que no existe: Torres no tiene ninguna posición partidista, y hace apenas unos meses formaba parte del equipo de Alessandra Rojo de la Vega, la alcaldesa opositora. Ponerse un gafete que nadie le dio no es un error de dedo: es la manera más barata de simular un peso político que, por lo pronto, solo existe en el rótulo.
El grupo insiste en que no impulsa a Citlalli Hernández, pero tampoco se deslinda del partido: dice actuar de manera “independiente” mientras se cuelga de la simbología morenista, y en todo el evento nadie mencionó al –ese sí– dirigente de Morena en la Ciudad de México, Paulo García. Toda una proeza de discreción selectiva.
Sobre Citlalli, es fácil imaginarla murmurando el clásico “no me ayudes, compadre” desde que el corazón con las letras “CH” –producto del entorno de este mismo grupo– la puso a desmentir una promoción anticipada que ella nunca pidió. Cabe preguntarse si de verdad no sabía nada del corazón con las letras CH, o si de plano hubo acuerdo con el grupo de Torres.
Y ojo con el mensaje que manda tanto tropiezo junto: si desde la presentación ya acumulan un nombre reciclado, un cargo inventado y una prensa maltratada, lo sensato para cualquiera que piense acercarse sería mejor no hacerlo. Si esto pasa ahora, no cuesta imaginar lo que puede pasar en plena campaña, con las presiones y los reflectores encima. Con ese historial, “confiables” no es la palabra que viene a la mente.
La pregunta obligada ya no es si “Cuauhtémoc Nos Une” tiene futuro electoral. Es si el partido puede permitirse, a nueve meses de la elección, que cualquier operador con un pasado reciente en la oposición se apropie de un nombre, un cargo y una narrativa que no le corresponden. Todo indica que en la Cuauhtémoc no hace falta un rival externo: al paso que va, al grupo de Torres le basta y sobra con seguir administrando sus propias imitaciones y pifias.
POR LAS CALLES… La Junta Local de Conciliación y Arbitraje de la Ciudad de México cumple 100 años este 2026, herencia directa del artículo 123 de la Constitución de 1917, que la instituyó como el árbitro entre capital y trabajo. El aniversario llega en plena transición hacia el nuevo sistema de justicia laboral, luego de que el Senado emitiera, el 22 de octubre de 2022, la declaratoria que dejó de asignarle asuntos nuevos. Desde entonces, la Junta se ha concentrado en abatir el rezago heredado de décadas, y el avance en el desahogo de esos expedientes ha sido notable: cien años de historia laboral que cierran con un trabajo institucional ordenado, no con un episodio de abandono.
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