Las personas migrantes, además de transitar y establecerse en nuevos territorios, actúan como verdaderos agentes de cambio social que transforman los sistemas alimentarios a su paso. Durante la primera sesión del seminario a distancia La ciudad y sus patrimonios, organizado por el Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad de la UNAM, especialistas analizaron cómo el desplazamiento humano influye directamente en las prácticas de consumo y en la configuración de las urbes contemporáneas, donde la comida se convierte en un vehículo de identidad y resistencia.
Wilfredo Alaniz Pérez, investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, destacó que la movilidad humana, motivada por razones voluntarias o forzadas, genera procesos de transformación profunda en las ciudades que funcionan como nodos. En el caso de la Ciudad de México, se ha observado un incremento notable en la población migrante en tránsito y asentamiento, lo que ha diversificado los perfiles demográficos y ha propiciado la aparición de nuevos espacios de atención, albergues y zonas de movilidad que alteran la dinámica cotidiana de la metrópoli.
Por su parte, Francesc Xavier Medina Luque, investigador de la Universitat Oberta de Catalunya, explicó que las fronteras del consumo alimentario son complejas y porosas. Los migrantes llevan consigo aquellos alimentos que consideran indispensables para mantener su memoria colectiva, pero al mismo tiempo generan una hibridación al introducir nuevos gustos cuando regresan a sus lugares de origen. Vivir de manera trasnacional implica una negociación constante de la identidad, donde los nexos con el lugar de origen son reconstruidos y reimaginados a través de los sabores y las costumbres culinarias.
Tiana Bakic Hayden, investigadora de El Colegio de México, subrayó que los sistemas alimentarios históricamente se han sostenido gracias al trabajo de las personas en movilidad. En centros neurálgicos de abasto como La Merced o la Central de Abasto, se hace cada vez más evidente la presencia de población extranjera que influye en la oferta y demanda de productos. La especialista distinguió entre espacios de consumo activos, como puestos callejeros y tienditas, y espacios fijos como los comedores comunitarios, donde la alimentación suele ser repetitiva, generando en los migrantes una sensación de ambivalencia ante la imposibilidad de acceder a una dieta que los haga sentir plenamente en casa.
La sesión, moderada por Lilia Teresa Rivero Weber, dejó en claro que la interculturalidad en las ciudades se manifiesta de manera tangible en la mesa. El intercambio constante de ingredientes y técnicas culinarias entre la población local y los recién llegados no solo enriquece la gastronomía urbana, sino que obliga a repensar las políticas de integración y el respeto a los derechos culturales y sociales de quienes buscan una nueva oportunidad lejos de su hogar.
Crédito imagen: UNAM

