El partido en disputa 

El próximo domingo, en el World Trade Center de la Ciudad de México, Morena celebrará su VIII Congreso Nacional Extraordinario. En la orden del día: elegir una nueva presidencia del partido, aprobar nuevos consejeros nacionales y reformar sus estatutos. En el fondo: definir quién controla realmente el movimiento que llevó a Claudia Sheinbaum a la presidencia y que, en 2027, decidirá el mapa electoral de 17 gubernaturas y la Cámara de Diputados. Lo que pase el domingo no es un trámite interno. Es el primer acto de una batalla que llegará, sin pausas, hasta 2030.

Sheinbaum ha movido sus piezas con precisión. En dos semanas reconfiguró la cúpula del partido: sacó a Citlalli Hernández de la Secretaría de las Mujeres para ponerla al frente de la Comisión de Elecciones, movió a Luisa María Alcalde a la Consejería Jurídica de la Presidencia, y dejó el camino abierto para que Ariadna Montiel asuma la dirigencia nacional. Una intervención vertical, sin estridencias, ejecutada con la misma lógica con la que la presidenta ha operado desde el primer día: ceder en la forma, avanzar en el fondo.

El objetivo no es menor. Quien controle la dirigencia de Morena controlará el proceso de selección de candidatos para 2027. Y quien defina las candidaturas de 2027 tendrá una posición privilegiada para incidir en lo que viene después. Sheinbaum lo sabe. Por eso la intervención. Por eso la prisa.

Pero juntar el quórum necesario para validar a Montiel no ha sido tan sencillo como parecía. Dentro de Morena hay muchos factores de poder con consejeros propios y varios de ellos mostraron reticencias ante la candidatura de la exsecretaria de Bienestar. Ricardo Monreal, Adán Augusto López Hernández, Marcelo Ebrard, René Bejarano y Dolores Padierna, Gabriela Jiménez, Citlalli Hernández, más un bloque de gobernadoras y gobernadores que no mueven un solo voto sin calcular qué obtienen a cambio: cada uno tiene consejeros, cada uno tiene agenda y cada uno tiene su propia lectura de lo que se reparte en 2027.

Las reticencias no son ideológicas. Son aritméticas. Y cuando alguien dentro de Morena se hace del rogar para ir a votar por la candidata que ya señaló la presidenta, lo que está haciendo no es ausentarse: está poniendo precio.

Los que regatean el apoyo creen, una vez más, que tienen a Sheinbaum en sus manos. Cometen el mismo error de siempre: confundir una batalla con la guerra. La presidenta lleva año y medio cediendo en lo inmediato y avanzando en lo que no se negocia. Cada movimiento que parecía una concesión terminó siendo un paso adelante. Dicen los que saben que las aguas ya tomaron su curso y que el Congreso del domingo se celebrará sin mayores sobresaltos. Puede ser. Pero los que hoy regatearon están anotados. Las facturas no llegan el mismo día. Pero llegan.

En ese contexto aparece Andrés Manuel López Beltrán. El Secretario de Organización de Morena, hijo del expresidente, es el gran sobreviviente del reacomodo: su cargo no está en la convocatoria del Congreso. No sale. La permanencia de López Beltrán no fue un descuido: fue una condición. Y no es un detalle menor, porque quien controla la Secretaría de Organización controla el padrón de consejeros y opera –supuestamente– la estructura territorial del partido. El aparato que Sheinbaum necesita para ganar 2027 pasa, todavía, por sus manos.

Su historial no avala esa posición. Perdió Durango, el estado donde había ido a vivir dos meses para garantizar la victoria del partido. El candidato morenista a la capital quedó en tercer lugar, sin ganar ni en la casilla donde el propio secretario de organización puso su voto. Después desapareció: ausente en el Consejo Nacional, fuera de las giras de la dirigencia, visible únicamente en un hotel de lujo en Tokio y en la polémica por la presunta compra de una obra de Yayoi Kusama. Ante las críticas, su hermano José Ramón salió a explicar en redes que “no hace falta estar ahí en persona todo el tiempo”. Sin palabras.

No quiere que le digan Andy. Lo dejó claro cuando dijo que llamarlo así era “demeritar” el apellido que lleva. Puede que tenga razón en eso. Pero en la política mexicana el nombre se gana en el territorio, en los resultados, en la capacidad de construir algo propio. López Beltrán no ha ganado una elección, no ha consolidado una estructura que no haya heredado, no ha demostrado nada que no sea la capacidad de sobrevivir gracias al peso de su padre.

Que no le digan Andy, está bien. Que le digan Andrés, todavía no se lo ha ganado.

Lo que viene después del domingo será más revelador que el Congreso mismo. Sheinbaum busca el control absoluto de las candidaturas de 2027. Los factores de poder al interior de Morena buscan preservar su influencia en el partido y su lugar en el reparto que viene. Esa tensión, que el reacomodo de estas semanas apenas disimula, no se resolverá en el World Trade Center. Se resolverá en los meses que siguen, en cada candidatura que se defina, en cada estructura territorial que cambie de manos. Lo que está en juego no es la presidencia de Morena. Es quién gobernará México después de 2030.

POR LAS CALLES…

Esta noche habrá una reunión de legisladores locales y federales de la Ciudad de México que –dirán algunos con alivio– marca el inicio formal de algo que se venía postergando: la sucesión de la presidencia de Morena en la capital del país. El partido que gobierna la ciudad más grande del país lleva meses sin definir quién conduce su estructura local. Por fin, al parecer, empieza el proceso. Las negociaciones y el nombre, en los próximos días.