En política, asistir también comunica. Pero no asistir puede comunicar aún más.
La decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum de no acudir a la inauguración del Mundial de 2026, celebrada en la Ciudad de México, fue interpretada en su momento como un error político. Semanas después, su asistencia a la final del torneo, en Nueva York, por invitación del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pareció contradictoria para algunos observadores. Sin embargo, una lectura más profunda sugiere que ambas decisiones forman parte de una misma lógica: la construcción deliberada del papel de jefa de Estado, más que de líder de un movimiento político.
Durante la inauguración, Sheinbaum decidió no ocupar un lugar privilegiado en el estadio y argumentó que ese espacio debía aprovecharlo alguien que difícilmente tendría acceso a un evento de esa magnitud. Incluso entregó el boleto a una joven deportista indígena y defendió la idea de que el gobierno no necesita “codearse arriba” para representar a la nación. Esa decisión fue leída principalmente desde la óptica de la comunicación política doméstica. Pero la final del Mundial pertenecía a otro terreno: el de la diplomacia entre Estados.
Aquí conviene recordar una de las enseñanzas más vigentes de Nicolás Maquiavelo, en El príncipe, Maquiavelo sostiene que el gobernante debe comprender la naturaleza de cada circunstancia y actuar conforme a ella. La prudencia política no consiste en actuar siempre igual, sino en distinguir cuándo un escenario exige cercanía con el pueblo y cuándo exige representar la dignidad del Estado.
Desde esa perspectiva, las dos decisiones no se contradicen; se complementan.
La inauguración era, ante todo, un acontecimiento nacional, con una enorme carga simbólica hacia la opinión pública mexicana. La final, en cambio, reunió a jefes de Estado, miembros de la realeza, líderes de gobierno y autoridades internacionales. La presencia de Sheinbaum dejó de ser la de una aficionada al fútbol para convertirse en la de la representante constitucional de México en uno de los eventos globales de mayor visibilidad.
Sheinbaum parece estar construyendo un equilibrio sin abandonar la narrativa de austeridad y cercanía que caracteriza a Morena, comienza a recuperar elementos propios de la representación institucional del Estado mexicano. No se trata de regresar al viejo ceremonial presidencial, sino de reconocer que existen espacios donde quien asiste no es la persona, ni siquiera la dirigente política, sino la titular del Estado mexicano.
También Max Weber ayuda a comprender esta diferencia. Weber distinguía entre el liderazgo carismático, sustentado en la identificación personal con un líder, y la autoridad racional-legal, basada en la fortaleza de las instituciones y de los cargos públicos.
En esa lógica, asistir a la final del Mundial puede interpretarse como un acto de autoridad institucional antes que de protagonismo político.
En un contexto marcado por temas sensibles para México, como la relación comercial y de seguridad con Estados Unidos, la invitación de Donald Trump y la presencia de Sheinbaum en ese escenario adquirieron un significado que trasciende al deporte.
Leer el poder implica comprender que no todas las decisiones responden a la misma lógica política. A veces, la ausencia comunica cercanía; otras veces, la presencia comunica liderazgo. La verdadera habilidad consiste en distinguir cuál de esas dos imágenes necesita proyectar un gobernante en cada momento.

