Entre La Barredora, el huachicol fiscal, Rocha Moya y Andy López Beltrán, la presidenta tiene una oportunidad de oro para tomar distancia
El tablero político de la Cuarta Transformación vive una semana de movimientos bruscos que, lejos de ser un simple escándalo de coyuntura, podría marcar un punto de inflexión rumbo a 2027.
Pero antes de hablar de esta semana, vale la pena recordar que Claudia Sheinbaum no llegó a la Presidencia con el tablero limpio. Le tocaron temas espinosos que arrastran desde el sexenio anterior y que, en buena medida, llevan el sello del grupo de López Obrador.
Uno de los más graves es el de La Barredora, la célula del Cártel Jalisco Nueva Generación en Tabasco liderada por Hernán Bermúdez Requena, quien fue secretario de Seguridad Pública de Adán Augusto López cuando este era gobernador. Su arresto, en septiembre de 2025, encendió las alertas sobre la cercanía de uno de los hombres fuertes del obradorismo con el crimen organizado. Sheinbaum no lo buscó, pero le tocó heredar la bomba.
Otro es el huachicol fiscal. El gobierno federal busca recuperar 16 mil millones de pesos por la vía de juicios de contrabando de combustible, aunque la procuradora fiscal llegó a hablar de un daño histórico que podría rozar los 600 mil millones. El tema se complicó cuando Estados Unidos señaló que las ganancias de este delito podrían haber financiado campañas políticas. Sheinbaum salió a negarlo, pero la acusación quedó flotando y fue ella quien tuvo que poner el pecho a las balas.
A eso súmele la presión de Washington por arrestar a políticos con nexos con el narco, la investigación sobre la aeronave que el FBI usó para trasladar a Ismael “El Mayo” Zambada y Joaquín Guzmán López a Estados Unidos –y que reapareció donada a un museo en Nuevo México– y las acusaciones de injerencia estadounidense. Todo eso le ha tocado a ella, no a quien gobernó antes.
Y ahora, en plena tormenta, llegan dos movimientos más.
El primero es la carta pública de Andy López Beltrán. Muchos analistas creen que cumplió su objetivo: se metió a la palestra. Todo indica lo contrario: fue una mala decisión, seguramente impuesta por su padre. El texto tiene todas las señas de haber sido dictado por el expresidente: guarda, de hecho, un paralelismo evidente con la carta que AMLO envió a Donald Trump por el tema de Maduro. En lugar de apagar el fuego, le echó gasolina.
El segundo es el del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya: pide licencia, anuncia que regresa y luego vuelve a pedirla. En el primer round, Morena y los gobernadores afines salieron a defenderlo. En el segundo, cuando confirmó su retorno a la gubernatura, el golpe fue también personal: Sheinbaum aseguró que no tuvo conocimiento previo de la reincorporación y que se enteró por una publicación en redes sociales, algo que calificó de imprudente al sostener que ningún interés particular puede anteponerse al bienestar del país. La dirigencia de Morena y la Secretaría de Gobernación se deslindaron de inmediato y calificaron la decisión como estrictamente personal, mientras gobernadores y legisladores morenistas cerraron filas con la postura presidencial y le exigieron actuar con madurez y responsabilidad política. La presión terminó por obligarlo a dar marcha atrás.
Ahí es donde entra el tercer movimiento: el de la presidenta. Lo que parece una tormenta para el grupo de AMLO puede convertirse en una grieta a su favor. Es un punto de inflexión que le da un mejor margen de operación política. La carta de Andy, el caso Rocha Moya, La Barredora y hasta el huachicol fiscal evidencian un juego de ajedrez en el que el expresidente intenta mover piezas, pero cada vez se le atoran más.
Sheinbaum tiene ante sí la oportunidad de empezar a mover las suyas. Cada vez que defiende lo indefendible –ya sea a los hijos de AMLO, a Adán Augusto o a Rocha Moya– pierde capital político. Pero la coyuntura le permite ahora hacer algo distinto: ir tomando control real del país y del partido, no con base en lo que el grupo de AMLO le imponga a su agenda, sino en lo que ella decida.
Depender de los miembros de ese grupo la debilita. Esta semana le regalaron una excusa para empezar a soltar lastre. Si es inteligente, usará ese espacio para construir su propio gobierno y su propia administración, no como extensión de la anterior, sino como un proyecto con autonomía.
No es que el maximato de AMLO haya terminado, pero esta semana demostró que ya no es gratis sostenerlo.
Soltar ese lastre no depende solo de la voluntad presidencial. El respaldo ciudadano será la palanca que le permita a Sheinbaum construir gobierno propio sin que el costo político lo pague ella sola.
El tablero ya cambió: un gobernador quedó fuera. La pregunta obligada es si Enrique Inzunza –y quienes vengan después– correrán la misma suerte.
POR LAS CALLES… Alessandra Rojo de la Vega estrenó gorra y calle esta semana, pero lo interesante fue la foto donde un módulo que, según ella, era de seguridad y terminó “apropiado” por Tomás Pliego, secretario de Atención y Participación Ciudadana. La alcaldesa de Cuauhtémoc ya anunció que pedirá oficialmente que el espacio regrese a labores de seguridad en la Doctores. No es la primera vez que Pliego se topa con este reclamo. El 12 de agosto de 2025, el propio Mauricio Tabe le exigió públicamente en X “que ya suelte los módulos de seguridad en las colonias” de Miguel Hidalgo. El alcalde reconoció buena voluntad de Clara Brugada para coordinarse con los gabinetes de seguridad, pero acusó que su alcaldía nunca recibió el control de esos espacios y dejó flotando la sospecha de un trasfondo político. Con dos alcaldes de oposición reclamando lo mismo, la pregunta ya no es si Pliego suelta los módulos, sino por qué insiste en quedárselos.
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