“No se puede llegar a un matrimonio sin haber tenido un noviazgo”. La frase del diputado Jesús Sesma Suárez no fue retórica: fue la forma más precisa de describir lo que ocurre entre el Partido Verde y Morena en la Ciudad de México.
El también dirigente del PVEM reconoció que su partido se está preparando para ir solo en 2027 y que el principal obstáculo para una alianza es uno solo: no existe relación política con Morena en la capital. No hay diálogo. No hay interlocución. No saben, dice Sesma, ni con quién hablar. Ese es el dato que importa.
Porque una cosa es enfriar una alianza y otra, muy distinta, es admitir que no hay comunicación entre fuerzas que gobiernan juntas a nivel nacional. La coalición no está en pausa: en la Ciudad de México, está desarticulada. Y un año y siete meses de silencio no es un malentendido: es una política de hechos.
Lo que vuelve esto políticamente incómodo no es la postura del Verde. Es lo que revela del gobierno de Clara Brugada.
Una jefa de gobierno que no puede sostener la interlocución con sus propios aliados tiene un problema que va más allá de la agenda legislativa. No se trata de ideología ni de programa: se trata de política básica. De mantener abiertas las líneas con quienes comparten el mismo bloque de poder. Brugada lleva más de año y medio sin construir ese puente. No pudo con la ciudad –que le heredaron ordenada y que hoy acumula rezagos visibles en movilidad, seguridad y servicios–, no pudo con su propio partido –donde las tensiones internas son conocidas y los liderazgos territoriales le disputan espacios– y ahora resulta que tampoco pudo con los aliados.
El Verde, en ese escenario, no está rompiendo con el poder. Está respondiendo a un vacío.
Y lo hace con un argumento que Sesma cuida de enmarcar: la ruptura es local, no nacional. El partido mantiene su alianza con la presidenta Claudia Sheinbaum y con el proyecto federal. La distancia es con la capital, con su gobierno y con quien lo encabeza.
Esa distinción es más que un matiz diplomático. Es una señal dirigida hacia arriba: el Verde puede separar su lealtad federal de su autonomía local sin contradicción. Y al hacerlo, le manda un mensaje a Morena nacional: el problema no somos nosotros, el problema es lo que está pasando en la Ciudad de México.
Rumbo a 2027, eso redefine el mapa. Por primera vez, el bloque oficialista podría competir fragmentado en la capital. No como oposición externa, sino como disputa interna por espacios, votos y poder territorial. El Verde deja de ser aliado automático y se convierte en actor con agenda propia. Y Morena, en la ciudad, tendrá que ganar lo que antes daba por descontado.
Todo eso ocurre bajo el gobierno de una jefa de Gobierno que, según sus propios aliados, ni siquiera tiene con quién hablar dentro de su coalición.
El noviazgo, como dijo Sesma, nunca existió. Y sin noviazgo, no hay boda.
¿Y quién compone eso? A unos meses de que arranque el proceso electoral de 2027, Morena en la Ciudad de México tiene aliados pero no tiene dirigencia. Tiene fuerzas políticas a su alrededor pero no tiene un proyecto que las articule ni una jefa de gobierno con autoridad partidista para construirlo. El problema existe. El que lo resuelva, todavía no aparece.
X: @GarciaJJavier

