Tres declaraciones de Claudia Sheinbaum en sus conferencias del pueblo de finales de marzo bastan para entender que lo que hemos venido señalando en este espacio no era una lectura apresurada ni una interpretación forzada. Era, simplemente, la descripción de una estrategia que la presidenta sigue ejecutando con una precisión que sus adversarios internos parecen no terminar de comprender.
La primera: las reformas constitucionales más importantes de su administración ya han sido concretadas. No es una declaración de conformidad ni de modestia. Es un mensaje dirigido a quienes apostaron a que el bloqueo del PT y el PVEM en San Lázaro la detendría. La presidenta les dice, sin decírselo directamente, que el intento no funcionó: las reformas que importaban ya están. Lo cual abre una pregunta incómoda para los aliados: si lo central ya está hecho, ¿qué valor tiene ahora su respaldo legislativo y a qué precio estarán dispuestos a seguir negociándolo?
La segunda es más afilada. Sobre la revocación de mandato, Sheinbaum fue precisa: “Más allá de la alianza o no a la alianza, eso va a ser sancionado por la gente”. No está hablando de un mecanismo de democracia directa en abstracto. Está recordándole a sus aliados díscolos y a sus adversarios internos que quien se opuso a ese instrumento tendrá que responderle a la ciudadanía, no a ella. Es una advertencia que no necesita elevar la voz para hacerse escuchar.
La tercera cierra el cuadro. Cuando se le preguntó sobre la llamada “Operación Cicatriz” que mencionó Ricardo Monreal, Sheinbaum respondió: “No sé qué ‘cicatriz’ haya que hacer, la verdad. No sé a qué se refiera Ricardo Monreal con esto”. Una sola frase que no confronta, que no acusa, pero que deja a Monreal solo con su narrativa frente a las cámaras. Lo que esa respuesta deja claro es que la presidenta ya tiene muy bien anotado lo que ocurrió, quién hizo qué y en qué momento. Las consecuencias de ese registro no se verán de golpe. Se irán revelando en los próximos meses, con la misma parsimonia con la que Sheinbaum ha manejado cada uno de estos episodios.
Todo esto ocurre en un momento en que dentro de Morena crece una conversación que las dirigencias prefieren no tener en público: la de militantes y simpatizantes que ven con buenos ojos un distanciamiento real del PVEM y el PT, partidos a los que consideran no aliados sino ocupantes de espacios que le corresponden al movimiento. No es una posición marginal ni minoritaria. Es una lectura que gana terreno precisamente porque la presidenta, con sus declaraciones, parece estar abonando el camino para que ocurra.
Lo que sí se puede asegurar es que Sheinbaum va derecho y no se quita. A pesar de quienes quisieran que las cosas siguieran igual, su intención de modificar la relación con sus aliados no ha dado marcha atrás. Que PT y PVEM lleguen a acuerdos con ella rumbo a 2027 no significa que todo seguirá como antes. Significa, en todo caso, que los cambios en esa relación llegarán en sus términos y condiciones. La pregunta que queda abierta no es si la presidenta sabe lo que hace. Es si sus adversarios internos están dispuestos a aprenderlo a tiempo o prefieren seguir descubriéndolo cuando ya es demasiado tarde.
X: @GarciaJJavier

